Contra la intolerancia

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DISCURSO DE GRADUACIÓN
CUADRAGÉSIMA SEGUNDA CLASE GRADUANDA
UNIVERSIDAD DEL TURABO
JUNIO 2014

Contra la intolerancia

Dr. Dennis Alicea Rodríguez
Rector Universidad del Turabo

Queridos estudiantes:

Cada momento tiene su mensaje. El contexto anímico y el singular suceso de convocarnos aquí, precisamente a aplaudir con sobrada razón el logro alcanzado en buena lid, sin dañar a nadie ni desgraciar a otros, evoca ya un mensaje peculiar de lucha y esperanza legítima. Con voz audible podemos decir: ni llores por nosotros Puerto Rico ni me llames Puerto Pobre, como lo hizo Neruda, porque estamos de pie y la estatura se mide siempre por la distancia de un lado del corazón al otro lado del mismo corazón.

Educar es transformar no solo el cerebro, ese lado cognitivo siempre privilegiado por los universitarios, sino el alma, la zona opaca de nuestro ser que enlaza emociones, voliciones y afecciones. Sabemos que identificarla con el órgano del corazón es solo una forma de hablar, seguramente de origen medieval. Pero es un modo físico, táctil, de darle imagen e identidad a la interioridad que guía, en buena medida, nuestra conducta, emociones y actitudes hacia los otros. Con frecuencia pensamos racionalmente lo que debemos hacer. Sabemos lo correcto, pero nuestros actos cargados de irracionalidades o prejuicios arraigados en el sistema límbico deshacen, sin contemplación, todo lo que dicta la razón cerebral. Por eso quiero convocarlos a una lucha que nunca acaba, pero que, paradójicamente, podemos ganar en cada momento, en cada día y todos los días, con actos inequívocos de afirmación. Se trata de la batalla colectiva contra las exclusiones, abiertas y sutiles, contra las intolerancias y los prejuicios, hijos ambos de la ignorancia atávica de una vida dañada por el sinsentido. Graduarse como universitario significa que estamos dispuestos a iluminar con nuestra educación, allí donde predomine la irracionalidad y la insensatez; que estamos dispuestos a denunciar todo acto de atropello, no solo en nuestro suelo, sino en cualquier suelo. La universidad afirma valores universales porque forma justamente ciudadanos para el mundo. Graduarse como universitario significa ante todo defender los derechos humanos y civiles, no solo en nuestro país, sino en el más insospechado rincón de nuestro planeta, ya que pertenecemos a una comunidad humana que es preciso proteger.

Es inaceptable el silencio ante las exclusiones por identidades, especialmente, de género, preferencia sexual u origen nacional. No es posible permanecer silente mientras se les niega la educación a niñas en África, Pakistán y en otros lugares remotos, y se secuestran sin misericordia más de doscientas jóvenes en Nigeria para traficar con ellas. Tampoco es posible permanecer silente en nuestro propio suelo mientras un joven de nuestra universidad es asesinado simplemente por su preferencia sexual. Son conductas de odio que, tristemente, se repiten contra migrantes y minorías excluidas, tanto en Puerto Rico como fuera de Puerto Rico, que hay que erradicar con firmeza. El derecho a existir, a educarnos y a tener estilos de vida distintos, son derechos humanos inalienables que hay que defender como universitarios del mundo. Para eso nos graduamos; para afirmar nuestra humanidad, día a día, y defender la dignidad humana ante las tinieblas del absurdo. Nuestro planeta está poblado de tenebrosas intolerancias religiosas, racismos burdos y solapados, nacionalismos excluyentes y atropellos indignantes contra los que piensan diferente políticamente. Y no es solamente en Arabia Saudita, Siria o Ucrania donde suceden los atropellos, sino también en comunidades muy cercanas a nosotros como Santurce, Loíza y otros sectores pobres de nuestro país.

Despojarse de los prejuicios y los vicios del espíritu es un hábito que tenemos que forjar como universitarios educados. Es una práctica que se vive y se fortalece con la conversación inteligente y el diálogo incesante, que dirime civilizadamente las diferencias. Pienso que recuperar esa conversación, y el diálogo perdido como valor en sí mismo, es imprescindible contra los extravíos de la intolerancia y la racionalidad ausente.

Somos seres a través del lenguaje. El lenguaje es la “catedral del alma”, decía Baudelaire, que permite descubrirnos y renovarnos. Hastiados de conferencias y conversatorios inconclusos, solemos renegar de ellos como pérdidas estériles de tiempo, sin advertir que dejamos escapar, así, la perfecta oportunidad para refinar nuestro patrimonio comunicativo. Escuchar es el silencio indispensable para entender cabalmente al interlocutor. La oralidad es el modo de expresar sensiblemente nuestras ideas y afecciones. La escritura y la lectura son formas desarrolladas por los humanos para plasmar su visión del mundo y sus cosas. No es posible que siendo “seres de palabras”, como pensaban los griegos, refrendemos la incomunicación con las consecuencias incivilizadas que padecemos. O, peor aún, que estemos prestos a utilizar el lenguaje como lanza de vituperios e insultos contra los otros, en un arrojo desmedido que solo asegura el fortalecimiento de nuestras propias intolerancias y desvíos. Llamar a una ecología del lenguaje, donde el diálogo significativo lo atesoremos como valor en sí mismo y como medio indispensable de una comunidad civilizada, parece ser una de nuestras grandes tareas como espíritus universitarios del nuevo siglo.

Hago este llamado, en medio de la alegría de su celebración, porque los mensajes son para la memoria y confío en que quedará imborrable en el recuerdo de un futuro imaginario que los aguarda.
Tengo tres hijas a las que adoro como sus padres los adoran a ustedes. Disfrutamos sus triunfos vicariamente, como triunfos de nosotros mismos, justo con la misma intensidad y pasión del éxito propio. Similar a sus padres, pienso que lo más preciado que puedo dejarles es una educación ilustrada que les permita navegar en aguas turbulentas. “En tiempos oscuros nos ayuda quienes han sabido andar en la noche”, nos recuerda Ernesto Sabato. Como a sus padres, también a mí me inquieta qué puedo hacer para dejarles a mis hijas un mundo más vivible y prometedor. Creo que la resistencia contra la intolerancia, guiada por una educación reflexiva y una ética de lo correcto, ayudará a construir el lugar habitable. No podemos permitir que nos ocupen los espacios vacíos ni que nos quiten la voz y la palabra. La educación es crítica y moralmente responsable o, simplemente, no es educación. Es para vivir una vida serena con la conciencia de su existencia y su belleza.

El amor fraternal que se desborda, hoy aquí, es muestra inequívoca del valor que todos le damos a la educación y a la solidaridad. Educar contra la intolerancia no es solo un deber moral a favor de la dignidad humana, sino el único modo de convivir y subsistir. Decíamos que cada momento tiene su mensaje y ese mensaje, como vemos, tiene rostro. Disfruten con alegría este momento y celebren con los suyos sus merecidos logros.

Gracias y muchas felicidades.

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu