El desafío de las paradojas

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El desafío de las paradojas

Dennis Alicea, Ph.D.

“It was the best of times,
it was the worst of times”

Charles Dickens
A Tale of Two Cities

Estamos poblados de paradojas y desafíos.  Son los mejores y los peores tiempos.  Los éxitos y los fracasos se agolpan, como si uno engendrara al otro, en un infinito juego de espejos que no distingue realidad  y ficción.  Nunca antes nos hemos enfrentado a tan formidables paradojas.

Cómo explicar que, en medio de la era digital con amplias redes y los sistemas de información más espectaculares, atravesemos por la más honda crisis de comunicación entre seres humanos, que permite oír pero no escuchar, que nos impide comunicarnos con los otros y entender a los otros.

Tras décadas de globalización, mundialización y otras exquisiteces de la interconexión planetaria, hoy nos encontramos atrapados en nacionalismos burdos y en guerras intestinas que desafían el sano sentido de civilidad.  El racismo, la homofobia, la intolerancia (religiosa y secular), los prejuicios y el acecho contra grupos minoritarios e inmigrantes, y el poder de las tribus han eclipsado esta fastuosa era, reduciéndola a un desierto incomunicado.  No hay seres humanos ilegales, ni superiores ni inferiores; lo único ilegal por inmoral son las leyes que excluyen y dañan, y que estigmatizan a los extranjeros, a los inmigrantes, a los homosexuales y a otros grupos minoritarios.

Las paradojas se suceden unas a otras.  Tenemos más información que nunca antes al  punto que se estima que una semana del New York Times contiene más información que lo que una persona en el siglo 18 podía adquirir durante toda su vida.  Tenemos más conocimiento cosmológico, genético, neurológico y, paradójicamente, una ausencia creciente de juicio crítico sobre cómo conducir los asuntos humanos; una carencia de entendimiento y comprensión sobre asuntos vitales, como son el comportamiento criminal, la violencia de género o la dependencia de sustancias.

Mientras recalcamos lo cuantitativo y el imperio del “accountability”, nos encontramos, cada vez más, en que lo que cuenta no puede ser contado.  Si no, cómo explicar que, como consecuencia de la llamada “Gran Recesión”, miles de padres de familia queden desprovistos del medio de su sustento y, sin embargo, la producción de bienes se mantenga intacta porque las opciones tecnológicas sustituyen la mano de obra. ¿Cuáles son las prioridades: producir o vivir?

Nunca antes las expectativas de vida, gracias al inmenso desarrollo del conocimiento médico y científico,  habían sido tan prometedoras; y, sin embargo, la calidad de vida de esos envejecientes  longevos  parece deteriorada por la soledad más desgarradora y la prolongación artificial de la vida.  Parecería que deseamos mantenerlos implacablemente vivos para sufrir.  Cuán absurdo y paradójico resulta que mientras más comemos, menos nos alimentamos, lo que ha causado la epidemia de las enfermedades propias de una mala nutrición, como son la diabetes, hipertensión, obesidad y condiciones coronarias.

En esta era de las paradojas y los desafíos es preciso reconocer que ni el conocimiento ni los grados académicos que reciben son necesariamente garantía del buen juicio, del comportamiento ético en sus trabajos, o de que van a vivir una vida con significado y perspectiva de su lugar en el mundo.  Lamentablemente, sabemos que no es así.  Lo sabemos porque vemos cómo se burlan los sistemas democráticos y sus reglas permiten perfectamente el triunfo del autoritarismo, la mediocridad y el culto a la personalidad.  Lo sabemos porque vemos cuán fácil es corromper el sistema; porque vemos cómo se perpetúa una nobleza criolla en las redes del poder político y burocrático; porque vemos que no todos parten del mismo lugar y que hay unos más iguales que otros.

Por eso el grado que reciben hoy es un fin y un comienzo.  Es un logro y un reto.  La educación superior es un medio indispensable para conocer y disolver las paradojas.  Nunca antes la educación universitaria había estado tan acorralada por los que detentan el poder.  Nunca antes había tenido que justificar su existencia con criterios tan estrechos.  La educación universitaria es un bien público con impacto educativo, cultural, intelectual, científico y económico.  Satisface múltiples necesidades, no sólo pragmáticas, sino vitales y existenciales como son la amplitud y profundidad de la visión, el entendimiento  y el significado de las cosas.  Es un espacio de movilidad social que mide el nivel de cultura de un país.  Cultiva la mente de sus estudiantes, provee la formación imprescindible para la creatividad e innovación y forma personas para una democracia transparente.

Por eso es un fin y es un medio; algo que terminamos y algo que comenzamos. TS Elliot lo dijo como nadie, con la simplicidad que amerita la complejidad:

“Lo que llamamos el comienzo es a menudo el fin
y terminar es comenzar.
El fin es el lugar de donde partimos…
No cesaremos en nuestra exploración
y el fin de todo nuestro explorar
será regresar a donde partimos
y conocer el lugar por primera vez.”

En este momento de reflexión y celebración, queridos estudiantes:

  • Sepan que tienen ustedes el equipaje para enfrentar los desafíos  y las paradojas de nuestra era.
  • Sepan que esta Universidad, que celebra 4 décadas, se ha transformado dramáticamente desde ser un colegio de comunidad para convertirse en una Universidad completa con más de 15 mil estudiantes, 5 niveles doctorales, las principales acreditaciones nacionales y profesionales, un profesorado dedicado, mayoritariamente con credenciales doctorales, instalaciones físicas del más alto nivel en el país, 6 centros universitarios, bibliotecas virtuales, centro de energía, museos, proyectos comunitarios y un imperio deportivo.
  • Sepan, pues, que pueden  andar por el mundo orgullosos de que recibieron un grado competitivo de una institución seria.
  • Sepan que son miembros de un selecto grupo, pues de cada 100 estudiantes que empezaron con ustedes en su primer grado, apenas la mitad pudo concluir su cuarto año y  que, de  estos que concluyeron, más de tres cuartas partes de ellos no han podido alcanzar un grado universitario como ustedes.  Son ustedes los que llegaron a la meta  y tienen derecho al legítimo orgullo por este logro.  Son ustedes los que brillan en este momento e iluminan con luz propia los caminos de la esperanza de nuestro país.

Muchas gracias y muchas felicidades.

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu