La lógica del aforismo

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Discurso de Incorporación
Academia Puertorriqueña de la Lengua Española
12 de diciembre de 2013

La lógica del aforismo

por: Dennis Alicea

…oigamos lo que nos dicen sus palabras
y lo que, a través de ellas,
nos dice su silencio.

Octavio Paz
In/mediaciones

La forma del aforismo seduce, tanto por su sonoridad como por su silencio. Abraza y atrapa en sus palabras lapidarias, mas deja fluir libremente la interpretación. Presenta cierto aire de finalidad que, no obstante, se sabe inconcluso. Posee la misma magia de la imagen pictórica, que se revela como una sola y regia captación de lo significativo.

El aforismo representa una manera peculiar de pensar y escribir, distinta a la palabra lógica de los pasos sucesivos y concatenados en prolijos argumentos; distinta al pensamiento arquitectónico de los grandes armazones sistemáticos. Es la frase poderosa que cautiva. Su atractiva belleza radica en su estilo sentencioso, unilateral, breve, agudo y, a veces, enigmático.

Los representantes más notorios de la forma aforística han sabido escoger este medio de expresión fragmentario que transpira apertura y libertad, tanto para el autor como para el lector. La camisa de fuerza que supone sujetarse a un sistema comprensivo que aún no existe, o a una ancha unidad preconcebida que se impone a priori, es siempre un reto formidable para aquel autor de temperamento sistemático, pero lacerante si se trata de un pensamiento fluído y en progreso, que aguarda por su forma definitiva. Bienvenida sea la unidad allí donde se encuentre, sin forzarla ni negarla. La riqueza que, abstractamente, condensa el aforismo – la máxima, la parábola, el dictum, las imágenes singulares, entre varias de sus formas- no tiene por qué esperar a una totalidad que lo albergue. Es autosuficiente y libre, pero concatenado a un discurso imaginario que hay que descubrir.

La idea de una declaración concisa pero completa, coherente pero paradójica, cerrada pero abierta a la interpretación, es casi tan antigua como el lenguaje mismo. En la Grecia clásica, la forma aforística se utilizaba como un modo de definir, o capturar epigramáticamente, ciertas ideas, es decir, articularlas en una composición sucinta, poética y aguda. Las inscripciones góticas, la literatura emblemática del Renacimiento hasta el Barroco, que combinaba imagen y texto, el siglo de oro español con el conceptismo barroco quevediano, en fin, fueron todas instancias de un pensamiento aforístico variado en que el juego de voces, la forma y el contenido, el ingenio y la profundidad conceptual, se combinaban imaginativamente para crear un lenguaje renovado. El adagio popular de agudeza picante, el apotegma sentencioso con voz grave y severa, la máxima moralizante y pedagógica, y muchas otras formas de expresión popular, como el refrán y el proverbio, viajaron entre épocas, culturas y lenguas como formas diseñadas para recapitular ideas, atrapar paradojas, sentenciar ingeniosamente o manejar lúdicamente el lenguaje y sus representaciones.

El pensamiento aforístico privilegia la reticencia y la ambigüedad deliberada. Es un juego de lenguaje wittgensteiniano que exige interpretación y contextualización, y una lectura sinuosamente detectivesca, porque posee cierta plasticidad que deja posibilidades abiertas. Su forma lacónica típica, de parcas palabras, propicia ese juego de espejos en el que no parecemos tener la certeza de si es el autor el que despeja la realidad o el lector, históricamente situado, quien proyecta su propio significado. Es, pues, un pensamiento con cavidades y silencios polisémicos que estimulan la reflexividad y la pluralidad interpretativa. Claro, que habría que preguntarse si éstas no son propiedades de todo lenguaje que, por presunción hermenéutica o por convencionalismo, obviamos para suponer una transparencia del texto o discurso. En la forma aforística, por el contrario, se presume la existencia de los intersticios y se deja deliberadamente en el umbral los espacios vacíos para ser completados, estimulando una cierta lógica experimental, abierta e incompleta.

“De dónde ha surgido la lógica en la cabeza humana”, se preguntaba Nietzsche en la Gaya Ciencia. Surgió de donde mismo surgieron las verdades y el conocimiento: “las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que son ilusiones,” dice Nietzsche. Interpretar esta sentencia aforística nietzscheana supone escrutar su visión sobre la naturaleza del conocimiento humano y su idea misma de realidad. Lo que dice el aforismo nos conduce por inferencia a lo que no dice. Es decir, el conocimiento era para él un constructo pragmático al servicio de la vida, un medio que devino fin. Se fue reificando hasta convertirse en una “representación de la realidad.” Los elaborados esquemas conceptuales fueron ajustándose pragmáticamente hasta lograr la identidad con la realidad misma. Perdieron, pues, su carácter artificioso e instrumental comunicativo, y se convirtieron en la verdad de una realidad presunta a la que se accede, precisamente, solo a través del lenguaje. La interpretación esbozada de la sentencia aislada no es posible, a menos que no se contextualice con otras conocidas sentencias nietzscheanas que permitan llenar las cavidades y reticencias. Son expresiones abstractas que exigen un encuentro con la lógica inmanente del pensamiento característico de ruptura radical de Nietzsche.

Esa lógica aforística, con su alto nivel de generalidad y abstracción, tantas veces opaca y enigmática, es un arte del pensamiento que reclama, paradójicamente, la palabra exacta porque juega con el lenguaje y la multiplicidad de sentidos. Los pensadores aforísticos más notorios – pensemos en Pascal, Gracián, Kierkeergard, Nietzsche, Wittgenstein – han sabido manejar la ambigüedad y los matices ejemplarmente, cual fino bisturí que corta y demarca, desencadenando provocativos análisis que hurgan en la raíz de ciertas ideas y creencias canonizadas.

Roland Barthes caracteriza ese juego con las anfibologías como “preciosamente ambigüo.” Las palabras tienen diversos significados y usos, pero es en el contexto del discurso que se construye la anfibología. En su obra autobiográfica de fragmentos, Roland Barthes por Roland Barthes, en que el autor es sujeto y objeto, describe estos enunciados como un círculo incoherente: “… los fragmentos son entonces muchas piedras en el perímetro de un círculo: yo me disperso a mí mismo alrededor; todo mi pequeño universo desmenuzado, y en el centro, qué?” Y añade, citando a Gide, “porque la incoherencia es preferible a una distorsión ordenada”.1 Sin duda, las palabras ya no significan lo mismo en el contexto en que se fragua este fragmento. La metáfora de la dispersión, el sujeto como universo, la incoherencia como virtud, el orden como vicio, son todos manejos retóricos del lenguaje que, en efecto, tienen su propia coherencia. Barthes no solo está describiendo la naturaleza del género fragmentario, sino la función epistémica de su propio texto fragmentario. El fragmento ilumina al texto al describirlo y el texto ilumina al fragmento al ejemplificarlo. Es como una idea musical, dice: “cada pieza es autosuficiente y, sin embargo, no es nada sino por el intersticio de sus vecinos.”2 Los aforismos de Roland Barthes por Roland Barthes son sencillamente magníficos: elegantes, reflexivos, seductores.

Como forma de escritura y pensamiento, el aforismo echa mano indistintamente de las figuras y tropos del lenguaje, así como del pensamiento lógico. Conceptos, analogías, metáforas, inferencias e imágenes son las herramientas del pensamiento aforístico para conjugar profundidad y belleza. Sus recursos semánticos – ironías, paradojas, antítesis, elipsis, hipérboles, paralelismos – se incrustan en el juego de voces y ritmos para lograr novedosas síntesis del lenguaje. La forma aforística parece testimoniar la bella sentencia de Wittgenstein en el Tractatus: “Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”.3 De igual modo, el pensamiento sistemáticamente estructurado y lógico se apropia de esas construcciones semánticas del lenguaje para articular su discurso, pero la forma aforística lo hace de un modo imaginativamente distinto. A diferencia de aquél, que marca sus comienzos con premisas exactas, a partir de las cuales traza deducciones e inferencias lógicas que forman un todo coherente, el aforismo procura dar en el blanco de la idea o de la imagen. Intuir o captar el quid de su referente, y hacerlo ingeniosamente, es su distinción. Si es un aforismo logrado, tendrá aura, como decía Benjamin, que iluminará con sus palabras sentenciosas, pues, aunque sea fragmento, poseerá un nivel de plenitud y unidad que irradiará luz en su declaración.4

El poder del aforismo radica, pues, en el alcance de su doble registro: estético y profundo. Mas lo que apasiona de estas frases cautivadoras no es solo lo que dicen bella y profundamente, sino lo que no dicen y solo insinúan, es decir, sus opacidades y silencios. Guarda por eso una similitud patente con las imágenes pictóricas y fotográficas. Todas son “ventanas” que muestran una superficie y esconden otra. Revelan y disfrazan la realidad, a la vez. Necesitan espacios en blanco o paredes vacías, para declarar: ¡esto es lo fundamental que hay que mirar!. Pero, también, se sabe que es insuficiente y se requiere una labor hermenéutica que descifre los signos y los contextualice, lógica e históricamente, para completar los espacios en blanco. Su presencia – lo que presenta y lo que re-presenta- atrapa, emocional e intelectualmente, y podría ser suficiente porque tiene poesía. Sabemos, sin embargo, que encierra más y, por eso, imaginamos a través de esas “ventanas” sucesos que requieren explicación, sujetos y situaciones invisibilizadas, imágenes sugeridas que completan el fragmento. Vemos huellas, provocaciones y horizontes. De ahí que sea plural su lectura. Tanto las imágenes como las sentencias aforísticas evocan, pues, otras imágenes y otras sentencias con las que guardan continuidad lógica de modo muy diverso. El pluralismo interpretativo coherente no es aquí un vicio, sino una virtud enriquecedora. Sin duda, no toda interpretación es posible, pero una sola interpretación es, seguramente, improbable.

Similar a las imágenes pictóricas y fotográficas, el aforismo tiene color y tono que manifiesta estados de ánimo, singulariza momentos, objetiva emociones y deja marcas para la memoria. Ese modo de petrificar una idea, lo mismo que una imagen para la memoria y, en última instancia, para la posteridad, le imprime un aire de eternidad e indestructibilidad que le augura la supervivencia en el tiempo, aunque sea evidente su historicidad. El nivel de abstracción y generalidad de los enunciados aforísticos genera esa tensión entre percepción de eternidad e historicidad radical. La capacidad de trascender su momento y contenido fechado es la prueba de ácido del aforismo logrado. Su transferencia lógica e histórica, que permite lecturas renovadas en tiempos distintos, lo convierten en memorable.

Para leer y descifrar la lógica aforística es preciso reconocer sus propiedades y su forma. Su modo de organizar las palabras y las ideas es diferente a otros géneros, por lo que exige estrategias hermenéuticas particulares. Si aceptamos que no “todo es texto” en el aforismo, que es reticente y fragmentario en su construcción, será necesario reconstruirlo intelectualmente. Por ello, mirar el valor de la superficie, de los signos que esconden y revelan las tesis subterráneas, y hacer arqueología del saber, como decía Foucault, será tan importante como trazar su génesis y su intencionalidad. Ese acercamiento “progresivo-regresivo”, como le llamaba Sartre en la Crítica de la razón dialéctica, acepta que explicar los orígenes e influencias de un pensamiento en otro pensamiento es tan pertinente como reconocer la diversidad de intereses y circunstancias políticas y sociales que median las ideas puras de la razón. Es la hermenéutica de las metáforas espacio-temporales lo que requiere el aforismo. La búsqueda del antes y el después, del arriba y el abajo, el delante y el detrás, el adentro y el afuera, guiarán el esfuerzo de reconstrucción. Una lectura inmanente será necesaria, pero también inconclusa. La reconstrucción intelectual que requiere normalmente la forma aforística, aunque muchas veces presente en la interpretación de otros textos, es en buena medida una actividad creativa en la que la imaginación del lector es tan decisiva como la creación del autor. Precisamente esa complementariedad ineludible y significativa es condición sine qua non de su lectura certera.

Aspirar a revelar verdades con concisión y contundencia es, igualmente, propio del aforismo. Su premisa inarticulada es que las verdades son “bellamente transparentes”, como las nombraba Donald Davidson5, y no exigen forzosamente la argumentación y prueba. La intuición que pretende dar en el blanco de las verdades, como si fueran reveladas, es típicamente privilegiada frente a la razón inferencial y a la evidencia epistémica. La intuición y la razón coinciden de manera peculiar en el aforismo. A veces, se da en la forma de intuiciones racionales; a veces, como dos momentos de un mismo movimiento de apropiación cognitiva que, inicialmente, expresa de modo abstracto la raíz noética, o significado intelectual, y ya luego se fundamenta, sobre todo a través del lector que reconstruye, y recontextualiza y renueva sus significados. Muchas veces son intuiciones intelectuales inmanentes (es decir, no trascendentes o místicas); o, simplemente, expresan hallazgos y resultados de la experiencia que pueden ser articulados lapidariamente.6 La facultad cognitiva descubre, crea, intuye o aprehende un significado inteligible, una forma (eide), que trasciende lo estrechamente empírico justamente para iluminarlo. Esas verdades transparentes que la forma aforística enuncia podrían pasar el mismo crisol que cualquier conocimiento intuitivo o inferencial. Podrían cumplir con criterios lógicos y epistemológicos de validez. Más sería absurdo, porque la voz aforística es inapelable. Se acepta o se rechaza, se celebra o se condena, ya que está siempre en un “estado de conclusión”, deseando sorprender con la última palabra.

2

Permítanme ofrecer dos ejemplos interesantes de dos distintas tradiciones filosóficas con las que estoy familiarizado y que ilustran esa lógica aforística que tanto exige del lector. Puede haber, sin duda, muchos otros ejemplos cautivadores.

En su famosa Mínima Moralia, reflexiones desde la vida dañada,7 Theodor W. Adorno, tan modernista y sistemático en la mayor parte de su obra, reflexiona en fragmentos preñados de ideas sobre esos momentos de la vida recta y la vida falsa, desde la experiencia subjetiva del intelectual exiliado. La forma aforística, dice Adorno, renuncia a la contextualización teórica explícita, sin pretender ser concluyente y definitiva. Para él, el aforismo “marca lugares” que son formas que el concepto, hegelianamente concebido, desarrollará. Es el lado subjetivo y la dimensión alienada la que él explora en estos fragmentos cargados de razón y emoción. Esas apariencias de la vida cosificada y estigmatizada, en que lo humano parece atrofiarse por el interés, la avaricia y el individualismo enajenante, son captadas como estampas. La existencia mutilada del intelectual migrante, siempre dolorosa y desgarradora, aprendiendo los entresijos de la lengua, se objetiva en fragmentos invadidos por el pesimismo cauterizado de la posguerra. Son los angustiosos años del 1944 al 1947, inmediatamente posteriores al reconocimiento de la barbarie nazifacista, que mostró el lado sádico de la irracionalidad y la ausencia de límites en la insensatez humana.

El pensamiento dialéctico hegeliano, tejido por Adorno en su obra, rechazaba, paradójicamente, el aforismo por el primado que tenía la categoría de totalidad en el sistema racionalista de Hegel. Las expresiones aisladas del todo e inconexas de un tejido argumentativo, propiedades del fragmento aforístico, le parecían oscuras al hegelianismo, como si fueran fenómenos dispersos que exigen una obligada concatenación. Sin embargo, esa disolución de lo particular en lo general, en que lo concreto y fragmentario se convierte en un momento de tránsito, es precisamente el modo de hipostatizar el concepto que distinguió al idealismo hegeliano. (Af.46) La aniquilación de lo individual y particular, mediante su supeditación a la construcción del todo, condujo a Hegel a criticar la forma aforística como un “ser para sí de la subjetividad”, como un momento que sería diluído y superado en el concepto. Adorno, en oposición al hegelianismo y, a la vez, sirviéndose de éste, ve en el aforismo el modo – y cita a la Fenomenología, – de “penetrar en el contenido inmanente de la cosa.”8 La experiencia individual que el aforismo rescata es, asimismo, la forma de conquistar la verdad del espíritu de la que hablaba mistificadamente Hegel.

Para leer Mínima Moralia, sintomáticamente, es preciso rastrear la historia y la memoria de esa época turbulenta en que la utopía era aniquilada por la barbarie. Fueron los momentos de la filosofías acorraladas (Af. 41-44), la destrucción del arte y el pensamiento, la solidaridad socialista en descomposición (Af. 31), los horrores incomprensibles, salvajes, en los campos de concentración (Af.67), en fin, los momentos tristes de la vida dañada.

Los aforismos de Adorno son atípicos. Son fragmentos relativamente extensos comparados con el aforismo tradicional que es más sucinto y reticente; son, sin embargo, igualmente contundentes y paradójicos. Algunos parecen estar en el umbral del concepto más desarrollado. Cada fragmento parece contener múltiples aforismos enlazados por una idea que desestabiliza la apariencia y la decodifica. Mostrando su marxismo heterodoxo y hegelianismo desmitificado, Adorno echa mano de su ilustrada cultura filosófica y artística para deshacer ortodoxias y fetichismos culturales masificados. Su escritura densa muestra el trabajo del intelectual que le urge trascender las “cosas del espíritu”, más sublimes, para penetrar intelectualmente e intervenir en la “praxis material”, más terrenal, que, a su vez, es condición de posibilidad de las cosas del espíritu. (Af. 86-87)

La teoría crítica que sirve de base a todos estos fragmentos es, pues, la que reconoce que el mundo está poblado de grietas y desgarros; que el orden social que algunos llaman “natural” es humanamente natural y debe ser despojado de ese halo místico e imperecedero, es decir, de esa “segunda naturaleza” cosificada por el poder crudo e incivilizado; que, por lo tanto, otro mundo es posible y es imprescindible la disolución de “las aporías de la vida falsa” para iluminar la moralidad de la vida recta. La razón dialéctica que exhibe Adorno en el texto, se apropia del andamiaje teórico del marxismo hegeliano en su versión de El Capital (los conceptos de mercancía, valor de uso y valor de cambio, división del trabajo, cosificación, feticismo, etc.), matizado por la antropología humanista de los escritos juveniles del propio Marx: i.e. el lenguaje de la alienación, el trabajo enajenado, lo humano atrofiado y la dialéctica del señor y el esclavo. No son aforismos de la esperanza, sino de la angustia y la desesperación. Detectan la regresión de la conciencia histórica, invadida por el capitalismo de la posguerra. El pesimismo existencial en boga condiciona ineludiblemente la mirada crítica del autor y penetra no solo en la metafísica de la cotidianeidad, sino en toda la cultura intelectual y artística prevaleciente. Son momentos muy duros y desafiantes. Los modos civilizados de vida han sido destruídos y han sufrido la más inesperada involución en la historia moderna. La industria cultural lo devora todo y lo transmuta todo – el arte, la música, la literatura, los artistas, otros intelectuales – en mercancía. (Af. 37-83)

Mínima Moralia es el reconocimiento de que el arte, el pensamiento y la cultura están acorralados y condenados a existir fragmentariamente, a menos que la lucha crítica contra la vorágine del capitalismo tosco o dulcificado, contra el fascismo en sus diversas versiones camaleónicas y aún contra el socialismo, convertido en dictadura de estado, permita restaurar un orden social y moral más racional. “La imbecilidad es objetiva”, dice Adorno en uno de sus fragmentos, por lo que no sabemos si la utopía siempre estará acechada por el desencanto.
“El valor de un pensamiento se mide por su distancia de la continuidad de lo conocido.” (Af.50) Mínima Moralia es una de esas obras que dejan huellas porque rompen con lo conocido y los modos trillados de mirar. Estos fragmentos se alejan de las fórmulas canonizadas de hacer filosofía. Es un pensamiento vivo, inconcluso, desafiante, donde la razón dialéctica no es otro juego de lenguaje, sino el único modo de apropiarse de la cosa misma en toda su complejidad, dejando que muestre sus propios silencios.

3

Ludwig Wittgenstein es otra de esas figuras del mundo filosófico del siglo XX que apasiona, tanto por sus reflexiones técnicas sobre filosofía del lenguaje y la matemática, como por la amplitud y agudeza de sus arrojadas propuestas sobre cultura, ética y práctica de la filosofía. Su modo aforístico de escribir no fue una elección literaria, sino una necesidad provocada por su dislexia severa y su peculiar carácter, que le haría tortuoso articular estructuras argumentativas extensas. Las expresiones cortas y densas que resumían el núcleo de sus ideas, valiéndose de explicaciones insinuadas y metaforizadas, constituían su modo de expresión filosófica.9 Esa forma de indagación fragmentada, poblada de silencios, le imprimía, paradójicamente, cierta riqueza interpretativa a su obra. Eran como provocaciones para el cerebro y para el interlocutor filosófico tradicional que buscaba la razón suficiente. Sus aforismos fueron memorables, y aún hoy sirven de estímulo a diversas tendencias en la filosofía. Los convocan, igualmente, racionalistas e irracionalistas, modernos y posmodernos, filósófos y críticos literarios.

La primera gran obra de Wittgenstein, el Tractatus, es el intento de descifrar la lógica del lenguaje y definir su proyecto filosófico como crítica del lenguaje: “Toda filosofía es crítica del lenguaje”, decía, y “la proposición es un modelo de la realidad como la pensamos”. (4.0031; 4.01) Los aforismos del Tractatus están enumerados y discretamente conectados. Es el lector avisado el que establece los enlaces lógicos. Típicamente, Wittgenstein adelanta el esquema de su posición central y, luego, va enlazando en aforismos sucesivos ciertas ideas que pueden ser explicaciones, consecuencias, ejemplos, contra argumentos, etc., que funcionan independientemente. La conexión mundo-lenguaje-pensamiento es el tema central del libro y puede el intérprete caracterizarlo como una cadena argumentativa en la que faltan eslabones, o como una multiplicidad discreta, unidad por la visión general de Wittgenstein sobre la estructura del mundo. En ambos casos, brilla la fuerza de sus aforismos y el magnetismo seductor de sus sentencias. Recordemos algunas frases lapidarias, citables todas, sobre la práctica de la filosofía: “El objeto de la filosofía es la clarificación lógica del pensamiento”; “La filosofía no es una teoría, sino una actividad” (4.112); “Todo lo que puede ser pensado, puede ser pensado claramente. Todo lo que puede ser dicho puede ser dicho claramente” (4.116). Estos aforismos condensan el significado profundo del Tractatus. Enuncian qué es la filosofía, cómo se hace y cuál es el vínculo entre el lenguaje y el pensamiento.

Los aforismos del Tractatus tienen, sin embargo, una coherencia semántica y un hilo lógico relativamente homogéneo, comparado con los escritos aforísticos posteriores de Wittgenstein.10 Sus Investigaciones filosóficas y sus fragmentos sobre cultura, ética y filosofía son dispersos y el propio Wittgenstein reconoció su frustración ante la imposibilidad de darles coherencia. Tuvieron más bien una función terapéutica, como diría Richard Rorty posteriormente, pero expresaron felizmente muchas de las ideas más fructíferas y seminales del pensamiento de Wittgenstein. Toda la reflexión sobre los juegos de lenguaje como modos de representación, así como las ideas sobre la imposibilidad del lenguaje privado, cruciales para la filosofía analítica y posmoderna del siglo XX, fueron enunciados en las Investigaciones. “La expresión juego de lenguaje”, dice Wittgenstein, “pone de relieve que hablar el lenguaje forma parte de una actividad o de una forma de vida”. (§23) La idea misma de juego presupone unas reglas para jugar, las que se aceptan o se rechazan. Es una opción entre otros juegos posibles. No hay un juego de lenguaje privilegiado, ni hay una representación privilegiada. Solo existe una pluralidad de juegos potencialmente iguales, lo que no significa que no haya mejores y peores juegos de lenguaje, y mejores y peores formas de representación.

Los juegos wittgensteinianos de lenguaje fueron precursores de toda la conversación filosófica posterior sobre los paradigmas y esquemas conceptuales en los trabajos de Kuhn, Lakatos, Rorty, y muchos otros. Asimismo, la naturaleza social del lenguaje y los aforismos sobre los imposibles lenguajes privados (§256-268) fueron precursores de las disputas filosóficas sobre la traducción de lenguajes conceptuales, la conmensurabilidad de esquemas y la teoría de la comunicación en influyentes pensadores como W. V. O Quine, Donald Davidson, Hillary Putnam y Richard Rorty. De modo que este segundo Wittgenstein, más fragmentario y disperso en sus ideas, sacudió decisivamente la discusión filosófica durante toda la segunda parte del siglo XX. Así diría, con cierta premonición aforística: “Las ideas también caen a veces del árbol antes de madurar.”11

4

La forma aforística es, como hemos visto, contundente y aurática. Sus formulaciones parecen ser una poética de las ideas con resonancias cautivadoras. Posee un notable parentesco con las formas poéticas. El verso asertivo que descubre una emoción escondida, o que designa lo innombrable, o que crea imaginativamente lugares insospechados, es de igual factura que la palabra aforística. Similar al verso, tiene ritmo y musicalidad, fuerza y seducción. A diferencia de la forma poética, sin embargo, la palabra aforística está atraída más por el significado del concepto filosófico y la búsqueda de un referente. Mas no es preciso presentar la prueba, piensa, porque aspira a ser epifanía y promesa de un discurso, donde la transparencia de sus palabras brille cual su propia prueba.


1Roland Barthes, Roland Barthes by Roland Barthes (1977). New York: Farrar, Strauss o Giroux, pp. 92-93.

2Ibid., p. 94.

3“Die Grenzen meiner Sprache bedeuten die Grenzen meiner Welt.” Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico –Philosophicus, German- English ed. (2003). New York:  Barnes & Noble, 5.6, p. 116.

4Puede la forma aforística conservar su aura y significación última al ser traducida, tal es un tema filosófico complejo que debo posponer.  La famosa doctrina de “la indeterminación de la traducción” de Quine ya nos advierte las dificultades para definir criterios de corrección o incorrección  en la traducción de un idioma a otro, e incluso para definir significados precisos entre dos hablantes de un mismo idioma.  Estamos condenados, pienso, a una perspectiva pragmática o conductista a la Quine que nos salve del escepticismo absoluto sobre el significado y la referencia.  W.V.O Quine, Word and Object (1960,2013).  Mass: MIT Press, Ch.2, “Translation and Meaning”.

5Donald Davidson, “A Coherence Theory of Truth and Knowledge” en The Essential Davidson (2006).  Oxford:  Oxford Univ. Press.

6La idea de intuición – captación o conocimiento no inferencial – es muy variada y milenaria en la historia de la filosofía: va desde Platón, Kant, Husserl, Bergson hasta intuicionistas matemáticos y lógicos.  Sugiero verlo como una “captación racional” que, en efecto, puede tener su origen en la percepción y la memoria.  Trabajos recientes refuerzan la idea de que el pensamiento intuitivo resulta de operaciones mentales autónomas, basadas en la información almacenada en la memoria.  Intuir sería un modo de re-conocer. Esta teoría no explica, desde luego, cómo opera el complejo órgano del cerebro para producir intuiciones certeras o intuiciones erróneas.  Daniel Kahneman, Thinking Fast and Slow(2011). New York: Farrar, Strauss and Giroux, pp.235-240.

7Theodor Adorno, Mínima Moraliareflections from damaged life (2005). New York:  New Left Books.

8Ibid. pp. 16-17 & 73-74.

9Jaakko Hintikka, On Wittgenstein (2000). California: Wadsworth Philosophers Series.

10Ludwig Wittgenstein, Philosophical Investigations (1953, 2001). German- English ed., Oxford: Blackwell. Ludwig Wittgenstein, Culture & Value (1980).  German – English ed:  Chicago: Univ. of Chicago Press.

11“Auch Gedanken fallen manchmal unreif vom Baum”.


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