La risa que quema

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DISCURSO DE GRADUACIÓN
TRIGÉSIMA NOVENA CLASE GRADUANDA
UNIVERSIDAD DEL TURABO
JUNIO 2011

La risa que quema
Dr. Dennis Alicea Rodríguez
Rector Universidad del Turabo

Queridos estudiantes:

Lo más que me conmueve es el tamaño de sus sonrisas: amplias, espontáneas, profundas, hermosas, con ganas…Cada momento de graduación, cada celebración como ésta, es siempre un homenaje a la esperanza, al porvenir y a la convicción profunda del valor de la educación y de las universidades en las civilizaciones.

“No trespassing”. Así nos domesticaron durante doce largos años, recordándonos, a cada paso, el espacio prohibido y la palabra incorrecta.  Nos enseñaron a no ser desafiantes, ni disidentes y a ocupar un lugar discretamente.  De pronto, se rompió la armonía.  En la Universidad nos dijeron que deberíamos ser críticos, retantes y positivamente ambiciosos; aunque siempre profesionales, civilizados y respetuosos.  La educación universitaria nos ha enseñado, pues, un estilo de vida, y un modo de ser, nada sumiso, que juega con los matices, la ironía, la ambigüedad deliberada y el doble filo.  La educación universitaria verdadera nos ha enseñado no sólo a hacer, sino a ser, a prolongar nuestra vida con sabiduría y a definir las prioridades valorativas con claridad cristalina.

El gran desafío de la actualidad es cómo podemos ampliar la conversación, anclada hace un lustro en la reducción del producto nacional bruto, el desempleo, la corrupción y la apocalipsis generalizada.  Hemos alcanzado ya niveles insospechados de negatividad, gracias al periodismo de drama y al teatro político del absurdo.  Somos ya náufragos en medio de tanta irracionalidad e incompetencia cruda.

Por ello es preciso, hoy, mantener, sí, la conversación inteligente sobre  las formas viables de desarrollo económico, sobre la eficiencia de nuestro sistema productivo y la urgencia de ampliar las bases para la ocupación plena, pero es igualmente decisivo ampliar las coordenadas de ese diálogo limitado, para retomar los asuntos fundamentales de la ciudad y la convivencia.  En la lógica de los medios y los fines, el crecimiento y el desarrollo económico, tan importante como sin duda son,  siguen siendo medios para fines ulteriores más definitivos.  En las grandes crisis económicas que apabullan se necesitan voces que impriman sabiduría y perspectiva a esa totalidad caótica.  En la Gran Depresión de los años ‘30 fue, precisamente, John Maynard Keynes, el más influyente economista del siglo XX y teórico de la depresión, el que señaló con la contundencia del maestro: “No está lejos el momento cuando el problema económico tome el asiento de atrás, a donde pertenece, y el corazón sea ocupado… por los problemas reales – los problemas de la vida y las relaciones humanas, de la creación, la conducta y la religión…” Son los problemas definitorios de los seres humanos: “cómo usar su libertad… y su tiempo de ocio, cómo vivir inteligentemente, y conforme a una vida buena.”

Esa vida buena, ese bienestar con paz y suficiencia, que establece el balance propio entre el trabajo, la familia, el ocio y el otro, es de lo que trata finalmente la educación universitaria.  Es un proyecto radicalmente ético y, por ende, político, donde los valores compartidos de convivencia, tolerancia, decisiones informadas, libertad de pensamiento y expresión, cultura, y pensamiento reflexivo sean esenciales a la formación profesional y técnica de todos los estudiantes.  Son estos los valores de la educación liberal, de la educación que libera, y que estarán siempre al resguardo de cualquier  educación universitaria que se precie de serlo.

En su reciente libro, The Politics of Happiness, Derek Bok (por muchos años Presidente de la Universidad de Harvard) hace un llamado a medir los niveles de felicidad y articular una política pública conforme a medidas de bienestar social e individual. Reclama Bok que no hablemos sólo del “Gross National Product” y comencemos a hablar del “Gross National Hapiness”.  Sostiene que la satisfacción con la vida se puede medir también, esto es, conforme a factores específicos, tales como ambiente social  y niveles de protección ambiental, calidad de servicios de salud y salud percibida, desarrollo económico, no sólo estable sino equitativo, espacios de espiritualidad, y calidad de gobierno y democratización.  No es ciertamente tarea fácil transformar lo que siempre se ha considerado periférico  en algo humanamente central.  ¿Cómo sacar la esencia del rincón? ¿Cómo desafiar esa mirada para quien éxito y valor siempre son sinónimos; para quien queda deslumbrado con el solo brillo de la superficie?

La verdadera educación universitaria nos ha provisto de un arma formidable.  Es la risa, pero no cualquier risa, sino la que quema.  Esa que ironiza y que también sirve de catarsis liberadora.  La risa que permite que asumamos una distancia prudente ante lo que puede ser absorbente, y que también detecta cierta comicidad en las ostentaciones del poder.  Una risa que puede auto parodiarse, a la vez que deshace críticamente los absurdos que algún inútil pretensioso pretende imponer.  Es tiempo que aprendamos a no tomarnos todo tan en serio, para palear, precisamente, los sinsabores generados por una atmósfera tan viciadamente cargada.  No estoy haciendo un llamado a que se tomen los grandes retos del momento  con levedad insoportable, cual si fuéramos enajenados sin compromisos y responsabilidades, sino que lo hagamos con humor y ese placer lúdico que llena la vida humana.

Muy poco sirve estar fúnebre ante la adversidad, excepto para trasmitir teatralmente la gravedad de la situación.  Pienso que tenemos que recuperar el júbilo de vivir, la pasión y alegría de enfrentarnos a retos magníficos, y disfrutar el día, la lluvia, los olores, los sabores, los abrazos y reírnos de los falsos absolutos.  Reírnos, como ustedes, con el tamaño de sus sonrisas: amplias, espontáneas, profundas, hermosas, con ganas…

Muchas gracias.

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu