Las palabras y los actos

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DISCURSO DE GRADUACIÓN
Dennis Alicea, PhD
Rector Universidad del Turabo
Junio 2015

Las palabras y los actos

 

En un abierto acto de confrontación, una estudiante muy inteligente me lanzó sin contemplación la pregunta: “¿Profesor, de qué lado está usted?” Confieso que la interrogante me perturbó y me dejó tieso, sin la posibilidad de ofrecer una respuesta ambigua ni la opción de una coartada. Era la forma que tenía ella para decirme: “hay que tomar partido; los puntos medios están excluidos”.

Desplegando la insegura prepotencia que, ocasionalmente, exhibimos algunos profesores universitarios cuando no tenemos respuestas, respondí que “estoy del lado de la verdad”. Acabando de enunciar mi respuesta, me arrepentí de inmediato. “¡Qué torpe!”. Estar del lado de la verdad era como estar del lado del espíritu santo; a nadie ofendía y me colocaba en una zona cómoda. Era como no tomar partido, pareciendo que lo tomaba. Cómo decir que estaba a favor de todos los puntos de vista, los existentes y los futuros, sin sonrojarme. Pero ella, brillante como sin duda era, me acorraló sin piedad: “¿Y de qué lado está la verdad?”, me preguntó. Tragando agua, respondí platónicamente que “la verdad era una idea abstracta, un ideal que se busca”. Y ella, olfateando su victoria, repuso: “Pero tomar partido no es nada abstracto, es una práctica de decir y hacer exactamente lo que se piensa que es correcto, el hábito que se forma de no querer estar bien con Dios y con el diablo, en fin, es una praxis”, así en griego me lo dijo.

Aquella joven mujer no sabía que me estaba enseñando para siempre la importancia de la integridad y la responsabilidad, intelectual y política. La urgencia de asumir posturas firmes conforme a nuestras convicciones más acendradas. “Siempre hay una filosofía para la falta de valentía”, recuerdo que decía Camus. Defender con entereza no es nada fácil, por cierto; no se trata de la férrea intransigencia en la que cerramos las puertas de la negociación. Tampoco se trata de la burda ostentación y torpe exhibicionismo viril. Pienso que es la virtud que conjuga la claridad de las ideas con la voluntad de ejecutarlas. Este sencillo mandato virtuoso –conjugar las palabras con los actos– parece ser, créanme, uno de los desafíos más arduos de la actualidad educativa. Y no es casual que así sea, porque la integridad y la responsabilidad (intelectual, política, social) fomenta otras virtudes de carácter decisivas para la convivencia en comunidad. Pensemos en la apertura a escuchar otras posiciones alternas y calibrarlas responsablemente, como el que sabe a conciencia que la inteligencia está muy bien distribuida en la tierra. Sería esta una virtud afín, que no está reñida, en modo alguno, con la toma de posición que aquella estudiante me exigía.

El diálogo con la joven estudiante continuó y el próximo aldabonazo era previsible después del primero. “Piense usted”, me dijo con reflexividad, “cómo las palabras hermosas que se usan para querer a una madre o a una hermana, se transforman en actos ofensivos y agresivos para atropellar a tu compañera, o a la mamá de tus hijos, que está contigo porque quería y porque te quería. ¿Cómo no tomar partido, en palabras y en actos, para la erradicación eterna de la violencia contra la mujer; compañeras de existencia en el planeta que por siglos han sido discriminadas y que hoy se levantan para reivindicar el derecho legítimo y básico a no ser atropelladas?”.

No había duda, pensé, ante aquellas preguntas retóricas y punzantes que ella estaba hablando de la justicia en carne y hueso. No es posible que nosotros, y ustedes, varones educados y diplomados, no levanten su voz en contra de la aberración cultural que degrada a la mujer a roles subordinados, ya en el escenario de trabajo, ya en el espacio doméstico. Llámenle “perspectiva de género” si quieren, tal vez una expresión muy rebuscadamente abstracta, llámenle “equidad de género” o, simplemente, igualdad de derechos humanos; lo cierto es que la fuerza física y el control por parte de los hombres de las estructuras de poder imponen cruelmente unas condiciones objetivas de subordinación y violencia a nuestras compañeras de vida. Es una lucha muy desigual en la que aquellos que ostentan el poder perpetúan inmoralmente su dominio.

Entre el 2002 y 2012 se informaron en Puerto Rico 202 mil casos de violencia de género, abrumadoramente contra la mujer. La violencia doméstica es la primera causa de muerte violenta para la mujer en Puerto Rico. La agresión sexual, el maltrato físico y sicológico, la restricción a la libertad e, incluso, el asesinato son las caras perversas de esa violencia sigilosa y metastatizada que amenaza con convertirse en una epidemia nacional.

La educación universitaria debe formarnos para ser capaces de indignarnos ante el dolor de los demás y solidarizarnos, en palabras y en actos, con la sana justicia que permita la convivencia. Con frecuencia, educamos en demasía el cerebro, el lado cognitivo privilegiado por las civilizaciones occidentales, y olvidamos que, desde los orígenes de la Grecia clásica, la educación era ante todo un proyecto ético. Cultivar las virtudes intelectuales y éticas, como un solo proyecto educativo, orgánico, que educa a la persona para convivir en la ciudad, será acaso la única oportunidad que tengamos para recuperar los fragmentos de nuestro país.

Aquella estudiante que, en abierta confrontación, me recordó la urgencia de tomar partido y volver a la praxis de la convivencia, me enseñó también la distancia entre las palabras y los actos: “las palabras son discursivas”, decía en tono sentencioso, “son bellas pero tramposas”; “los actos son su prueba de ácido”. Citando a alguien que no recordaba con precisión me dijo: “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Claro que me sentí ofendido por el virulento y nada disimulado ataque a los filósofos, pero quedé deslumbrado por aquel mensaje transparente de delicado equilibrio y vínculo indisoluble entre las palabras y los actos que ella, felizmente, mostraba.

Prestos a ingresar a escenarios profesionales y ambientes de trabajo, competitivos y retantes, los convoco a reiterar el compromiso inaplazable por la equidad de género en Puerto Rico y en cualquier otro lugar. Defendamos como universitarios aquella única educación basada en el humanismo universal, que atesora la dignidad y la igualdad de los derechos humanos. Un llamado especial hago a los varones de esta clase graduanda para abrazar solidariamente la lucha que aún libran las mujeres a estas alturas de la evolución humana. Velen por la virtud que conjuga las palabras y los actos o, lo que no es lo mismo pero es igual, eviten el vicio del silencio cómplice y la indiferencia cómoda. Contra el silencio, la palabra puede ser también una forma necesaria de acción.

“Dios le ofrece a toda mente escoger entre la verdad y el reposo”, decía Emerson. “Escoge la que desees, pero nunca escojas las dos”. Quien escoge el reposo, advertía, “consigue el descanso, la comodidad y la reputación; pero le cierra la puerta a la verdad”. Quien escoge la verdad “se somete al inconveniente del suspenso y la opinión imperfecta”, pero será candidato a “la ley superior de su ser”.

A veces me pregunto, todavía, de qué lado realmente estoy. Pero sé muy bien que la única respuesta posible siempre será: mis palabras con sus actos lo dirán. Luchen por lo que crean correcto con integridad y valentía. No los hará ricos ni famosos, pero serán más felices.

Muchas gracias.

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu