Lo mismo y lo otro

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Lo mismo y lo otro

Por: Dennis Alicea

Rector

 

            Todos los mensajes de graduación son iguales y todos, sin excepción, son distintos.  Todos son enunciados para la memoria, recuerdos que evocaremos en un futuro imaginario.  ¿Por qué son tan emblemáticos estos momentos de tan ansiosa excitación?  ¿Cómo pueden llegar a ser más que palabras, de las que el viento inevitablemente arrastra?

Siempre recuerdo con dolorosa aflicción aquel discurso de graduación acartonado en aquella escuela pública, pobre y desteñida, ubicada en un indigente sector de Bayamón.  No puedo recordar ninguna de aquellas palabras insípidas que escuché con atención, buscando infructuosamente algo que reviviera mi aliento.

Hoy sé que nada podía encontrar porque nada se dijo para recordar, y sólo viene a mi memoria la angustia que aquel enlutado discurso me produjo.  Desde entonces, pienso que los mensajes de graduación son para apostar al futuro y a la esperanza; emitir una promesa; sentenciar para la memoria.  Aspiro a que ustedes  recuerden éste con generoso deleite y que, en algún futuro impensado, puedan rememorar estos instantes.

Recordemos.  ¿Cómo olvidar ese singular profesor o maestro, o amigo, que fue tan decisivo en el rumbo que hoy tenemos, y causante de que, en buena medida, estemos aquí? Todos, en algún momento, hemos experimentado esa figura que nos hizo ver las cosas de distinto modo, o que nos estimuló para siempre, o que plantó en nosotros los gérmenes de una utopía.  Pensemos en esos seres inolvidables y decisivos.  No son tantos: uno, dos, quizás tres.  Cómo olvidarlos, justo cuando se cristalizan nuestras aspiraciones personales y conmemoramos con orgullo nuestros logros.

De esos maestros que cambiaron nuestro rumbo y apostaron a nosotros, recuerdo aquel que me enseñó la moral del fracaso.  Lo tengo vivo en mi memoria.  ¿Cómo aprender de las derrotas y los esfuerzos fallidos; que sean significativos los eventos en que todo parece desvanecerse?  ¿Cómo sacar fuerzas y seguir férreamente hacia adelante, a pesar de la fragilidad que nos causa ciertos golpes tan duros?  Hay que aprender a levantarse, caerse y volverse a levantar.  Esa moral del fracaso la  aprendí temprano en mi vida y siempre me ha acompañado, porque de ella saco las fuerzas vivas que a veces echo de menos.  Entonces, paradójicamente, sucede todo lo contrario.  Me muevo, camino y comienzo a dejar atrás ese lastre fugitivo que llaman pesimismo, fracaso o derrota.

“Duro caso es hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres”. ¿Cómo olvidar esa sentencia de El Quijote de Cervantes que aquel maestro citaba con fervoroso entusiasmo? La educación, decía, es para la libertad.  Para convertirnos en seres completos, integrales y rebasar la vida rústica e irreflexiva.  Hay que evitar que nos conviertan en seres unidimensionales,  en seres escindidos, rígidos e intolerantes.  Dar coherencia a nuestras vidas, de eso se trata.   Es, justamente, perseguir esa integralidad de emociones controladas, equilibrio moral y reflexividad crítica.  Las novelas crean héroes de una sola pieza.  La educación, en cambio, sólo nos inicia y señala el camino que da acceso al balance, a la mesura y a la autenticidad.

Es preciso luchar contra “las fuerzas que tiran hacia lo obscuro”, bien lo decía Henry James.  Recordar ese enunciado ético por excelencia, cual si fuera ahora, en boca de aquel profesor adusto, es evocar un modo de vida noble y transparente.  Un modo de vida que nos dé paz y sosiego.  ¿Cuántas fuerzas tiran, hoy, hacia lo obscuro en ese desenfreno enfermizo por imponer sus intereses y su poder?  El poder que pretende imponer su verdad reiterando falsedades o medias verdades, y que a fuerza de la repetición se imponen  demoledoramente.  La educación verdadera, liberadora, tiene que estar cimentada en la virtud de carácter y en la nobleza de espíritu.  Al final del camino, de lo que se trata es de ser feliz y vivir con sana alegría.  Poco vale ser rico, famoso o sabio, si esa riqueza, fama o sabiduría la has obtenido atropellando a otros, o apropiándote de las ideas de otros o, simplemente, no reconociendo las deudas que tienes con otros y que te han permitido tener lo que tienes.

Mis padres no eran universitarios; ni siquiera habían rebasado el noveno grado de una escuela rural en un barrio pobre del centro de la Isla.  Apenas tenían una idea precisa de lo que estudiaba, ni  “para que servía”.  Pero su sabiduría campesina era suficiente para aquilatar el valor de la educación universitaria y universal como un acervo invalorable.  La educación, decían, era lo “único que me podían dejar” y “nadie me podía quitar”.  Esa verdad regia como un templo me ha acompañado desde siempre.  Creo en la educación porque  enriquece nuestra experiencia y abre posibilidades insospechadas.  Creo en la educación porque es el modo de movilidad social más accesible a todos los grupos, sobre todo a los menos favorecidos.  Creo en la educación porque una persona educada posee los esquemas para entender las consecuencias de sus acciones y aquilatar el valor de la salud, del trabajo, de la familia y de la vida buena.  Creo en la educación porque es una fuerza de resistencia contra el poder crudo e irracional, y es la vía más certera para construir ciudadanos verdaderos, es decir, hijos de la ciudad y la convivencia.

A pesar de crecer en una familia religiosa, la racionalidad filosófica de mi formación me llevó por caminos muy distantes de la espiritualidad.  Conforme avanzó el tiempo, mi incurable agnosticismo se fue matizando y, gracias a uno de esos seres decisivos que nos marcan eternamente, he podido, poco a poco, conciliarme con esa espiritualidad que resistía.  La vida espiritual, pienso, no tiene nada místico, ni dogmáticamente religioso.  Es una conciliación ética y trascendental para la paz personal, íntima, que permite ubicarnos en el cosmos y realizarnos como “seres naturales humanos”.  Da balance, serenidad, perspectiva y un sentido posible al mundo y sus cosas.

Queridos estudiantes, comparto estas memorias para que ustedes construyan las suyas y recuerden este momento como una hermosa ocasión para recordar y agradecer a esos seres que marcaron sus vidas.  “La vida”, que como bien decía Sábato, “se hace en borrador y no es posible corregir sus páginas.”  Y como nada puedo hacer con el implacable tiempo que pasó, es obligado pensar en ese futuro imaginario que edificamos con el trabajo digno y solidario.

 

Como ven, todos los mensajes son iguales, pero afortunadamente todos,  sin excepción, son distintos.  Muchas gracias y muchas felicidades.

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu