Y todavía pienso que otro país es posible

FacebookTwitterGoogle+Share

Discurso de graduación 2016
Dennis Alicea, PhD
Rector Universidad del Turabo
Junio 2016

Y todavía pienso que otro país es posible


 

Queridos estudiantes:

Comparezco ante ustedes en medio de las tensiones y turbulencias de un Puerto Rico acorralado. Sólo el lenguaje de la crisis que nos lacera parece ocupar la imaginación colectiva y el discurso público; una suerte de conjuro malévolo nos despierta cada día con la espada a la cabeza.

¿A quién pertenecen los sueños postergados? ¿Quiénes están llamados a realizarlos y a vivirlos? Qué duda cabe que a ustedes, y solo a ustedes, les toca la enorme tarea que otros ignoraron. Parecería que somos todos personajes de una fábula borgiana, poblada de entuertos y paradojas, en la que una generación le deja como legado a la joven generación un país descompuesto para recomponer. Merodean los fantasmas de la encerrona económica y financiera, de la ausencia de transparencia, de la impunidad de la acción corrupta, del autoritarismo napoleónico de ciertas agencias gubernamentales y de la tosca prepotencia de los poderosos. El populismo burdo y la lógica del listo, que extrae ganancias de la incertidumbre, parece ser la ética del éxito celebrado. La charca de Zeno Gandía y el país a medio hacer de Naipaul son imágenes muy poderosas que nos retratan de cuerpo entero.

Compañeros estudiantes, la democracia está desgarrada y los silencios son inadmisibles. Se imponen nuevos comienzos. Primero, hablemos del país del que nadie habla. El que exporta recursos humanos educados y competentes: médicos y otros profesionales de la salud, ingenieros, educadores, trabajadores sociales y diversos profesionales de notable nivel. Cincuenta y dos instituciones de educación superior, en apenas un espacio de 100 x 35, forman estos recursos humanos con toda seriedad. En un reciente sondeo del Instituto de Investigación y Encuestas de nuestra universidad, se revela que, mientras crece la desconfianza en los organismos oficiales, las universidades alcanzan un 92% de confianza generalizada, y son, junto a la familia, una de las dos instituciones sociales que gozan de más credibilidad en el país. Tenemos también un país, justo es decirlo, de una producción cultural diversa y respetable, con reconocimiento internacional: pensemos en la música, en las artes plásticas o en las artes de la representación. La inadecuada difusión internacional de nuestra literatura no desdice de su calidad, sobre todo en la ensayística, el cuento, la crónica, y otras formas literarias. Puerto Rico cuenta con intelectuales reputados del más alto nivel en variadas áreas de la vida académica, competitivos en cualquier escenario internacional. La belleza tropical de la isla, a veces eclipsada por cierto deterioro en la infraestructura, realmente sobrecoge, especialmente si nos salimos de la vorágine citadina para admirar los regios contrastes de luz y forma que la configuran. La crisis ha sacudido a todos, pero también se asoma una resiliencia y sensibilidad antes opacada. Observen cómo se han unido los puertorriqueños y descendientes de puertorriqueños en el exterior, mostrando una solidaridad a toda prueba y sin concesiones. Cómo no celebrar, aún en nuestra mala hora, ese rap maravilloso de Lin-Manuel Miranda convocando desde su arte el rescate de la isla; o admirar la forma en que esos tres congresistas puertorriqueños ̶ Luis Gutiérrez, Nydia Velázquez y José Serrano ̶ batallan contra el conservadurismo congresional más extremo, en una desigual pero necesaria lucha.

Las fuerzas vivas para enfrentar las complejidades que nos ha tocado vivir no provienen de esperanzas abstractas y remotas. Llamemos esperanza a la creencia de que algo mejor es posible y que lo posible es realizable. Más solo será realizable si apelamos a nuestras reservas, a ese caudal de haberes y bienes, a esa inmensa tradición de triunfos y percances. “El pasado no muere nunca”, decía el novelista norteamericano William Faulkner, “ni siquiera ha pasado”.

Soy un defensor obstinado de los jóvenes que, como ustedes, se abren paso en una encrucijada retante. Ustedes han mostrado con sus actos los signos inequívocos de la resistencia. Esta misma graduación es emblema de que rehúsan doblegarse y que están plantados para adelantar sus proyectos. Pienso que los jóvenes son víctimas de la tiranía de la doble encerrona. Los tildamos de inexperimentados para no abrirles el espacio en los escenarios de trabajo; pero, si optan por emigrar, los acusamos de ingratos por no quedarse a luchar para levantar el país. Nunca antes, desde la Segunda Guerra Mundial, los hijos permanecían tanto tiempo en los hogares de sus padres a consecuencia del alto nivel de desempleo de las poblaciones jóvenes. Los gobiernos impiden sistemáticamente el desarrollo de los jóvenes en todo su potencial, remunerándolos con menos salario, privilegiando otros sectores de la población y desperdiciando las oportunidades que ellos representan para crear nueva riqueza. Es una pérdida lamentable de talento, en la que convertimos en menos productivos a quienes poseen imaginación, energía y pasión para hacer las cosas de modo distinto.

Volver a nuestras fortalezas, curtidas en una robusta tradición, y volver a nuestros recursos humanos, educados y productivos, es la opción de Puerto Rico. Los países caribeños tenemos un enorme reto para el desarrollo y la sustentabilidad, en medio de una Europa caótica y unos Estados Unidos polarizados. El mejoramiento educativo de nuestra gente no es panacea, pero es crucial para la sobrevivencia. La educación es, ante todo, un proyecto político y social. Nos permite interrogar a otros y también a interrogarnos. Ante la mente educada, quedan cuestionadas las superioridades imperiales y las ignorancias de los que se piensan poderosos; queda retada la marginalidad con su justificación espuria. Mediante la educación se resuelven o se disuelven mitos atávicos, creencias infundadas, problemas reales y ficticios, y todos los fantasmas que la fértil imaginación produce.

Compañeros estudiantes, todavía pienso que otro país es posible. Las formas democráticas, participativas y antiautoritarias, se fortalecen con el desarrollo educativo de las poblaciones y, a su vez, la educación liberadora no es posible sin las aperturas de una democracia participativa y real. Democracia y educación están unidas de modo indisoluble ̶ como lo habían advertido pensadores como Dewey, Freire y Russell. Defender a una y a la otra será nuestra tarea para recuperar el país. Temerles a los futuros inciertos es temerles a fantasmas inexistentes. Apuesten a su seguridad personal, esa cualidad que emerge conforme nos educamos y adquirimos experiencias diversas de un modo inteligente. Apuesten a su mente crítica, creativa e informada, la que se fragua mediante la formación universitaria seria. Apuesten a su pasión, perseverancia y nobleza para construir ese otro país que, créanme, todavía es posible.

Muchas gracias.

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu