Cultura occidental y filosofía marginal

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Por Dennis Alicea

Publicado en LA TORRE
Revista de la Universidad de Puerto Rico
Tercera época
Año XIV
Núm. 51-52
enero-junio 2009

La notable ausencia de una tradición filosófica, caribeña y puertorriqueña, apenas nos dejó con una sola salida: “Importar” una tradición cuya autoridad legitimara una práctica del pensamiento, históricamente ajena a una isla afrocaribeña.  Sin duda, es una isla con una tradición intelectual seria –ensayística, literaria, sociológica, política–, pero relativamente breve, que ha reflexionado con profundidad sobre el país en su contexto caribeño: desde Eugenio María de Hostos –casi el filósofo nacional–, Antonio S. Pedreira, Salvador Brau y Tomás Blanco hasta los más recientes baluartes de la literatura, como José Luis González, Arcadio Díaz Quiñones, Luis Rafael Sánchez y Edgardo Rodríguez Juliá, entre otros1.  Por cierto, es una tradición que surgió, a lo sumo, desde la segunda parte del siglo XIX, con un limitado interés propiamente filosóficos.  Sus trabajos han tenido profundidad filosófica en varios sentidos –ético, estético, cultural–; mas no aspiraron, ni aspiran, los que son aún parte de esta respetable tradición, a sentar un legado en esa disciplina cerebral que llamamos filosofía.

¿Cómo se forma, entonces, una tradición de pensamiento filosófico en medio del Caribe, sí no hay precursores, ni grandes sistemas filosóficos que precedan en ese discurrir de su memoria intelectual?  ¿Desde qué paradigma o lenguaje se puede elaborar un discurso filosófico que no sea idiosincrático o meramente marginal?  ¿Cómo hacer filosofía que, por un lado, dé continuidad a una milenaria tradición con altos estándares de rigor intelectual y, por otro lado, no sea sólo glosa filosófica que reproduzca lo que otros pensaron en otros contextos?  Tales son algunas de las interrogantes que una reflexión sobre la educación filosófica estaría obligada a abordar.  Mas para hacerlo, es imprescindible contextualizar esos inicios en que se creó la Facultad de Humanidades y el primer Departamento de Filosofía en Puerto Rico para el año académico de 1943-44.

El proyecto universitario que la compleja figura del Rector, Jaime Benítez, inició a partir de 1942 –una amplia reforma universitaria en el 1943 que propició la creación de las Facultades de Estudios Generales, Humanidades, Ciencias Naturales y Ciencias Sociales– era, filosóficamente hablando, un proyecto de occidentalización.  Se trataba, en esta etapa, de un proyecto incipiente, todavía opaco, de universalidad o identificación con valores y esencias “universales”.  Hundía sus raíces en el “debe ser” del universitario y en la vieja aceptación latina universitas, ese todo universal, ecuménico, que evoca a la educación liberal como objetivo educacional.  Eran los duros momentos de la guerra que reclamaban grandes consignas y ciertos “controles” sobre los movimientos nacionalistas, de los que había en Puerto Rico una fuerte tradición formada y combativa.  Decía el rector Benítez, al abrir aquel primer discurso de instalación: “He aceptado la tremenda responsabilidad de la dirección universitaria… para servir la vida, la cultura y el espíritu del hombre en Puerto Rico.  He dicho servir al hombre en Puerto Rico, y no al hombre de Puerto Rico para subrayar así desde el principio la esencial universalidad del ser humano y la esencial universalidad de nuestra trayectoria” (Discursos 161)2.  Como veremos, fueron las personas, de carne y hueso, muchos del exilio, los que dieron concreción a esta consigna universalista u occidentalista europea, todavía abstracta, que Benítez había oteado sagazmente y que servía, estratégicamente, tanto a la cultura universitaria como al poder político que iniciaba su agenda modernizadora.

La Universidad del Estado debía tener la encomienda de desinsularizar a Puerto Rico, enfrentando así el reto de Pedreira, y concebirlo “como una comunidad occidental que es, dentro de Occidente, zona fronteriza…” (Benítez, Discursos 134)3.  Inspirado en la Misión de la Universidad de Ortega y Gasset, a quien Benítez consideraba intelectualmente su mentor4, se inició un esfuerzo de “modernización” de la Universidad de Puerto Rico.  Era, ante todo, un proyecto notablemente progresista en esa coyuntura.  Suponía abrirse y exponer a los jóvenes universitarios a las grandes disciplinas del pensamiento: desde la filosofía y la ciencia hasta las artes, la historia y las ciencias sociales.  La base común de este programa de disciplinas lo proveía, en primera instancia, la facultad de Estudios Generales, un modelo adaptado de la Universidad de Chicago de Robert Hutchins que varias universidades prestigiosas en los Estados Unidos tenían como agenda.  Era la educación liberal, entendida como educación general, que definía las formas del conocimiento de las que debería ocuparse la universidad moderna: las humanidades, las ciencias naturales y las ciencias sociales (Conant).  “Aspiramos”, decía Benítez, “a que el estudiante puertorriqueño sienta el Occidente, no como una lontananza, sino como un cuajo cultural dentro del cual vive, al alcance de su entendimiento y operante sobre su país y su persona” (Discursos… 192)5.  Se trataba de occidentalizar lo caribeño con muy poco espacio crítico para apreciar los entrecruces y las complejidades de la implantación.  La superioridad cultural de esos valores occidentales era premisa incuestionable del proyecto universitario de Benítez.

Pero, ¿qué significaba cultura occidental?  ¿Cuáles eran esos valores occidentales con los que estábamos tan decisivamente entroncados?  La visión occidentalista de Benítez era amplia y hegelianamente abstracta, y abrió, como se sabe, una extensa e intensa polémica en los años cincuenta en la Universidad con el sector puertorriqueñista, nacional, que buscaba patentizar la identidad puertorriqueña como eje de la educación universitaria.  Los valores esenciales de Occidente que había que rescatar, según Benítez, eran, entre otros, el Cristianismo, la razón, la ciencia las ideas de libertad, democracia, arte, tradición y aquellos otros valores gestados desde la Ilustración.  En efecto, se trataba de las ideas de la modernidad sobre el ser humano, el mundo y la cultura.  Puerto Rico y la Universidad del Estado estaban en una “zona fronteriza” en relación con esa modernidad, dentro y afuera, entre la cultura occidental europea, los valores políticos del liberalismo americano y la cultura antillana, afrocaribeña6.

La occidentalización de la Universidad propuesta por Benítez era, evidentemente, una idea muy compleja en aquel contexto de la guerra y la posguerra.  Los llamados valores occidentales se tomaban, entonces, por antonomasia de progreso, de cara a la guerra contra el nazismo y el fascismo europeo, allí donde muchos de estos valores habían quedado mutilados y convertidos en hoja de parra.  El reclamo para revalorizar las ideas centrales de la modernidad europea –razón, ciencia, arte– y del liberalismo político norteamericano –democracia, libertad y derechos individuales– era, pues, una consigna seductora a favor de la idea reguladora de progreso de la modernidad avanzada.  Se carecía, en ese escenario, de la apertura para problematizar las contradicciones, el carácter no monolítico y las fisuras intestinas de muchos de esos valores.  Era un occidente privilegiado, mistificado y excluyente, como si no hubiera sido parte de occidente lo que se hacía, hasta ese momento, en la Universidad de Puerto Rico; como si fuera un bloque homogéneo, transparente y consistente; como si los movimientos socialmente progresistas y anticoloniales, como el marxismo por ejemplo, y muchas otras ideas críticas no hubieran sido también parte esencial del occidente.  Era una cultura hegemónica que, como mostró Said, afirmaba en el Caribe, y en otros muchos lugares coloniales, los valores occidentales de los imperios europeos y norteamericanos.  Saber y poder estuvieron, como siempre, de la mano.

Los movimientos migratorios europeos durante la posguerra trajeron a la Universidad de Puerto Rico notables figuras, principalmente del exilio español, tras la Guerra Civil, que junto a otros intelectuales y escritores hispanoamericanos, en escapada de alguna de las dictaduras del Cono Sur, y profesores estadounidenses, configuraron un cuerpo docente de alto calibre.  Coincidieron en esa primera oleada figuras de la magnitud de Pedro Salinas, Vicente Lloréns, María Zambrano y Juan Ramón Jiménez.  En la cátedra de Ciencias Políticas pasaron intelectuales de primerísimo orden como Manuel García Pelayo y Enrique Tierno Galván.  El programa de profesores visitantes, que instauró Benítez, propició, por un período, el flujo de muchos de estos intelectuales que enriquecieron la vida universitaria.  Algunos de éstos permanecieron en el país.

El proyecto universitario del rector Benítez estuvo enmarcado, pues, en un contexto propicio para la atracción de recursos humanos “universales”.  Eran muchas figuras establecidas, o en vías de establecerse, ya con aportaciones significativas a la cultura de su momento.  Benítez sabía que la visión de la cultura occidental que estaba importando no era ciertamente homogénea, ni que sus valores eran eternos.  Después de todo, ya Spengler había publicado, dos décadas antes (1918), la Decadencia de Occidente y María Zambrano había publicado en 1945, La agonía de Europa.  A mediados del siglo XX, existía la percepción generalizada que el humanismo eurocéntrico, que Benítez enaltecía, había fracasado o estaba en crisis.  El espíritu sectario era la orden del día.  Sin embargo, qué duda cabe, la apertura a perspectivas más ecuménicas y menos insulares le daban a la Universidad de Puerto Rico una ocasión singular, probablemente irrepetible, de enriquecer y desinsularizar sus aulas.  Por otro lado, tenía Benítez el brazo político de ese momento, crucial para una agenda de renovación en un ambiente de modernización agresiva del país.  Como se sabe, pasado el tiempo, las fisuras entre el educador y el político se ahondaron irreversiblemente7.

El Departamento de Filosofía se formó, principalmente, como era de esperarse, con la diáspora migratoria europea e hispanoamericana, lo que permitió fundar n departamento con una orientación primariamente de filosofía continental.  ¿Cómo se fraguó esa integración de europeos, hispanoamericanos y antillanos?  ¿De qué modo contribuyeron a formar nuevas generaciones de pensamiento filosófico en el Caribe, apoyados en esa venerable tradición occidentalista?  ¿Cuáles fueron sus aportaciones más significativas y duraderas?  ¿Cuáles fueron sus omisiones?

Durante el período de la inmediata posguerra, las principales corrientes filosóficas que se disputaban la hegemonía eran el positivismo lógico y el existencialismo.  El positivismo lógico venía precedido de una fructífera labor por los legendarios representantes del Círculo de Viena (1922-38) como Rudolf Carnap, Moritz Schlick y Otto Neurath, entre otros.  Su esfuerzo filosófico por integrar la ciencia y la filosofía, el análisis formal y el empirismo verificacionista, fueron decisivos en el desarrollo de la filosofía de la ciencia y la filosofía analítica en la segunda parte del siglo XX.  El existencialismo, por otro lado, adquirió notoriedad mundial gracias a la versión francesa de Sartre, su famosa obra Ser y la Nada (1943), Merleau Ponty y Simone de Beauvoir.  Venía precedido, desde luego, por los monumentales trabajos del existencialismo alemán de Heidegger y Jaspers, así como los grandes precursores existencialistas del siglo XIX: Kierkegaard, Nietzsche y Dostoievski.  Fue un momento filosófico y literario que impactó el teatro, las artes, la literatura y la cultura en general.

En ese momento, el movimiento fenomenológico, que había dominado la escena filosófica continental durante la primera parte del siglo XX, con los trabajos de Husserl y sus seguidores, parecía haber agotado sus posibilidades, aunque mantenía su lustre como filosofía rigurosa con impacto formativo en figuras notables como el propio Heidegger, Sartre, Merleau Ponty y Max Scheler.  Por otro lado, el marxismo, heredero filosófico del idealismo alemán que iba de Kant a Hegel, tuvo, entonces, su primer rol protagónico, después de la Revolución Bolchevique, a partir del Lukács de Historia y conciencia de clase, Gramsci y la Escuela de Frankfurt que tuvo célebres figuras como Horkhelmer, Adorno y Marcuse.  Posteriormente, el marxismo tendría un segundo rol protagónico, después de la Revolución Cubana, en la década del sesenta y principios de los setenta con los trabajos de Sartre y su Crítica de la razón dialéctica, y la lectura estructuralista del marxismo por Louis Althusser.

¿Cuánto pesa una tradición filosófica como esa en la formación de las nuevas generaciones?  ¿Cómo se siente ese pasado en un aislado espacio antillano que aspiraba a ser parte de la leyenda de occidente?  Decía T.S. Eliot sobre las tradiciones literarias y los talentos individuales, que las tradiciones envuelven un “sentido histórico” con una percepción definida del pasado y su presencia: “el sentido histórico obliga al hombre a escribir no meramente con la propia generación en sus huesos, sino también con el sentimiento de que la totalidad de la literatura de Europa desde Homero… tiene una existencia simultánea…” (53-54).  Las tradiciones filosóficas pesan igual.  La “existencia simultánea” de grandes corrientes del pensamiento filosófico europeo confluyeron en este pequeño escenario antillano.  En los comienzos del Departamento de Filosfía coexistieron representantes de las diversas tradiciones filosóficas occidentales europeas.  Inicialmente, filósofos del exilio español, como María Zambrano y Ferrater Mora, fueron parte del cuerpo de profesores visitantes.  Coincidieron en esta primera etapa algunos puertorriqueños sobresalientes, como José M. Lázaro, tomista que contribuyó a formar una rica colección de filosofía medieval en la Biblioteca que honra su nombre; Monelisa Pérez Marchand, seria estudiosa de la tradición existencialista y de los cruces de la filosofía y la literatura; y Domingo Marrero Navarro, formado en teología y filosofía, con profundo conocimiento del pensamiento de Ortega, entonces en boga en la Universidad8.  Por otro lado, se integraron, un poco más tarde, varios filósofos del exilio alemán que, junto a un distinguido grupo de intelectuales hispanoamericanos, configuraron uno de los departamentos más respetables del Recinto.  El esfuerzo de apertura de la Universidad, el contexto objetivo de la posguerra y las políticas atropellantes en varios países hispanoamericanos, trajeron, pues, una oleada significativa de filósofos e intelectuales desde finales de la década del cincuenta hasta principios de la del setenta.

Merece destacarse entre éstos la figura de Ludwig Schajowicz, quien se integró al Departamento de Filosofía en 1958, después de pasar por el Departamento de Drama, y estableció, en cierto modo, un canon de la práctica filosófica en Río Piedras, que impactó un amplio grupo de discípulos en filosofía y en otras disciplinas humanísticas. Schajowicz, exiliado alemán, perteneció y promovió una de las principales tradiciones de filosofía alemana del siglo XIX: Schopenhauer, Schiller y Nietzsche.  Era Schajowicz una figura magnética, con cautivante teatralidad y conocimiento enciclopédico de las artes, la filosofía y la literatura.  Reconocido por su aportación, no sólo al mundo filosófico, sino al mundo teatral y cultural, Schajowicz dejó su impronta con sus magníficas intuiciones y modo ecuménico de abordar las interrogantes filosóficas más apremiantes.  Su legado fue notable y permanente.  Fundó la revista de filosofía Diálogos en 1964, que ha servido, desde entonces, para divulgar trabajos de investigación de profesores y estudiantes: Diálogos es la revista filosófica más antigua de Latinoamérica que ha sido publicada ininterrumpidamente.  Posteriormente, Schajowicz fue instrumental en la creación del Seminario-Biblioteca Ludwig Schajowicz (1970), un lugar para el foro filosófico, que ha guardado la más rica colección de textos y revistas especializadas, y que constituye la única biblioteca del país en su género.

Pero Schajowicz no hizo su proyecto solo.  Un grupo interesante de filósofos se integraron durante aquellos años y formaron un Departamento de Filosofía continental muy serio, diverso y respetable.  Cabe destacar, entre éstos, a figuras como el español Jorge Enjuto, quien dirigió el Departamento y le dio presencia, y José Echevarría Yáñez de Chile, educado en París, cuya vocación didáctica marcó la memoria de ese Departamento.  Además, durante esa misma época se integraron al Departamento valiosos recursos filosóficos como: George Fromm, puertorriqueño de origen austríaco y especializado en filosofía moderna y filosofía política, cuyo conocimiento erudito del marxismo es ampliamente reconocido, y a quien cabe distinguir por su rigor crítico y amplia cultura filosófica; Manfred Kerkhoff, alemán y especialista en filosofía clásica; Ramón Castilla Lázaro, de España, educado en Alemania y profundo conocedor de Husserl y filosofía del lenguaje; Esteban Tollinchi, puertorriqueño, educado en Italia, Alemania y España, reconocido por sus trabajos ilustrados sobre estética, filosofía moderna y existencialismo; Carla Cordua, de Chile, gran maestra, especialista en estética y estudiosa de Hegel; y Roberto Torretti, también de Chile, una figura central con gran capacidad didáctica, que estableció un nuevo canon de rigor filosófico en el Recinto y, probablemente, en Latinoamérica.  Torretti, reconocido internacionalmente por sus trabajos sobre Kant, filosofía de la ciencia y filosofía de la matemática, fue editor y dirigió la revista Diálogos, dándole un prestigio internacional por la calidad y diversidad de sus colaboradores.  Ha sido Torretti el filósofo latinoamericano más prolífico en décadas, cuya sabiduría enciclopédica marcó al Departamento de Filosofía desde 1970 hasta 1995.

Es preciso señalar que, mientras se importaba esa tradición filosófica europea e hispanoamericana, una generación de puertorriqueños educados en filosofía continental, sobre todo en Alemania, comenzaron a regresar y fortalecer el perfil filosófico del Departamento: entre éstos, Guillermo Rosado Haddock, especialista en lógica y filosofía de la matemática; Eliseo Cruz Vergara, En Hegel y el idealismo alemán; Álvaro López, en Kant y filosofía moderna, y Miguel Badía, en Hume y filosofía de la religión.  Todos han hecho contribuciones filosóficas respetables en sus áreas de especialidad.  La formación en filosofía continental de esta generación de puertorriqueños y de otras generaciones subsiguientes, que comenzaron a ocupar otros espacios académicos en y fuera del país, ha sido, sin duda, la gran aportación de ese Departamento de Filosofía.  Difícilmente, sin los estímulos de varios importados establecidos, provenientes de distintas latitudes, se hubiera dado la educación filosófica de este grupo de intelectuales locales, formados en los más reconocidos centros educativos.  Se fue formando, en efecto, un ambiente filosófico diverso y, en buena medida, retante, producto de la integración cultural y filosófica de estos grupos9.

Pero, acaso, ¿se gestaron nuevos desarrollos o modos específicamente locales de hacer filosofía?  Más allá de darle continuidad a una tradición milenaria, ¿adquirió la filosofía en el Recinto alguna pertinencia teórica y práctica en el desarrollo de la Universidad?  Puede que sea muy prematuro y, en cierto modo, profundamente injusto pretender definir cuánto hay de continuidad de una tradición y cuánto de nuevos desarrollos locales.  Pensar en una tradición filosófica puertorriqueña o, incluso, caribeña, es pedir demasiado tras, apenas, cinco décadas de esfuerzo sistemático.  Parecería ambicioso exigir lo que otros países con más tradición filosófica y universitaria no han podido ofrecer.  Las preguntas válidas, menos pretenciosas, serían, a mi modo de ver, ¿cuáles son los nuevos desarrollos filosóficos que deben estimularse en un país caribeño como Puerto Rico, después de estos inicios formativos?  ¿Cómo hacer filosofía seriamente, que no sea ditirámbica, que sea una aportación significativa a la producción intelectual caribeña?  ¿Cómo lograr que la Universidad del Estado reconozca el valor, lógicamente central, de las disciplinas filosóficas en la concepción de la Universidad y en la formación de las nuevas generaciones de universitarios?

La filosofía, como las humanidades en general, vive momentos muy duros en nuestro país.  En un escenario donde predomina, cada vez más el criterio del éxito cuantificable, y donde el país parece cultivar un anti-intelectualismo sistemático, instalar a la filosofía en un lugar protagónico parece quimérico.  No obstante, pienso que la única opción es ampliar el trabajo filosóficamente serio e intervenir reflexivamente en la actualidad sin reticencia.  La filosofía es una disciplina muy conservadora, me duele decirlo, sobre todo en el medio académico en el que se gesta.  El canon parece exigir que se mida toda idea con pretensiones de ser filosófica por el rasero de las grandes tradiciones.  El efecto inhibitorio que esa tradición, que pesa tanto, impone, tiene como consecuencia que buena parte de lo que se produce se considere glosa filosófica, es decir, comentarios a los grandes pensadores y aspectos inexplorados de los trabajos filosóficos de éstos.  Comentar, interpretar y releer esa venerable tradición es, ciertamente, parte del oficio fundamental de la filosofía; mas no es el único, ni siquiera el esencial.  Sin embargo, cuán precipitadamente se tilda de no filosófico todo trabajo que se aleje de ese canon inamovible.  Mientras más respetables y legendarias son las tradiciones, más cerradas e inflexibles se tornan.  Recordemos que la academia filosófica tildó a Foucault de no filosófico y lo ningunearon con desprecio para su propia vergüenza.  Pero, ¿quién tiene el poder o la autoridad para enunciar, esto es filosofía y esto no lo es?  ¿Cómo mantener un nivel de rigor filosófico y respeto a un pasado, sin que esas virtudes se conviertan, a la vez, en fuerzas conservadoras o retardatarias que impidan el arrojo imaginativo y sólo estimulen el escolasticismo filosófico?  ¿Cómo evitar que esa tradición le corte las alas al pensamiento?  ¿Cómo promover ese fino balance que permite reverenciar un pasado, a la vez que se exploran con desenfado nuevos modos de pensar?

La filosofía es un saber integrador, crítico y creativo.  Es integrador de los conocimientos científicos, humanísticos y culturales; crítico de los productos de la razón y la sinrazón, de la actividad humana y las formas de organización del pasado y la actualidad; y creador de renovados modos de interpretar, concebir y transformar el mundo y sus representaciones.  Como disciplina o cuerpo de conocimientos con sus principios, métodos y larga tradición, posee una sabiduría acumulada que controla los desvíos de la razón.  Pero ese saber reflexivo, que interroga y argumenta con su armazón lógico, que conceptualiza y aspira a enunciados universales, es también un saber imaginativo con la plasticidad del discurso moderno, que no sea “anchura vacía”, como decía Hegel del entendimiento en la Fenomenología, ni un conglomerado de hechos muertos, como designaba Marx al empirismo en la Ideología alemana.  Pienso que el verdadero modo de reverenciar una tradición filosófica, que se funda en la pasión por el saber y la razón crítica, es abrazar nuevas formas en que el pensamiento y la imaginación contribuyan a interpretar y transformar, ética y racionalmente, su mundo.

Hay una crítica cultural con muchas páginas en blanco que no provoca preocupación alguna en la mayoría de los filósofos profesionales.  Hay un diálogo, largamente pospuesto, entre filósofos y escritores, entre humanistas y científicos, que ayuda a pensar sobre los vació s intelectuales que las universidades no han llenado.  Hay una tradición intelectual caribeña y puertorriqueña, que, si bien resulta joven al compararla con otras tradiciones centenarias o milenarias, s el referente inmediato de nuestra memoria intelectual.  Absorber, pues, esa tradición ensayística y literaria, dentro de los amplios esquemas cultivados por la filosofía, parecería mandatorio para un saber reflexivo e imaginativo propiamente caribeño.  La única salida, pienso, a la sola glosa filosófica, es decir, a una filosofía marginal enclavada en una tradición de hierro, es mirar los espacios abiertos y pronunciarse sobre nuestro mundo, el inmediato y el aparentemente remoto, y evitar el aislamiento intelectual.  Hundiendo la reflexión en lo local –puertorriqueño, caribeño, latinoamericano– es, paradójicamente, el modo de aspirar a lo universal.

Al futuro idealizado le llaman utopía.  Al pasado idealizado le llaman, con frecuencia, mito.  ¿Cuánto de utopía tenía aquel proyecto universitario del rector Benítez?  ¿Cuánto de utopía tenía aquel proyecto universitario del rector Benítez?  ¿Cuán mitologizada pudiera ser, hoy, su interpretación?  La modernización de la Universidad de Puerto Rico, mediante su occidentalización, fue un proyecto significativo y complejo.  Nadie puede dudar, responsablemente, de la inmensa aportación de la Universidad de Puerto Rico a los esfuerzos de modernización del país y del rol decisivo de Benítez.  Él era un universitario, ilustrado e inteligente, que tenía una visión muy definida del lugar fundamental de las universidades en el Estado moderno.  Pero las figuras centrales de procesos complejos, como éste, ni construyen sus proyectos solos, ni faltan inconsistencias o contradicciones en sus ejecutorias.   Por un lado, las condiciones externas en Europa, Hispanoamérica y Estados Unidos eran propicias para el proyecto trazado.  El poder político estaba de su lado y contaba con un grupo de universitarios notables, como Sebastián González García, Ángel Quintero, Abraham Díaz González, entre otros.  Por otro lado, cabe mencionar, el proyecto de Benítez tuvo también sus detractores y críticos acérrimos, sobre todo en la cultura de izquierda que Benítez marginó en su “Casa de Estudios”.  La sombra del político siempre rondó al educador.  Había en él cierto despotismo ilustrado producto del poder concentrado y su larga estadía al frente de la Universidad.  Mas si mitologizar ese pasado es una distorsión inaceptable, no reconocer el progreso que representó sería una mentira flagrante.

El Departamento de Filosofía que se configuró, en el contexto del proyecto universitario del rector Benítez, fue testimonio elocuente del progreso notable que una tradición intelectual, importada e implantada, podía imprimir.  Fue una tradición que dio lustre a la Universidad de Puerto Rico y permitió que se formara una generación seria de filósofos profesionales.  Sin embargo, triste es decirlo, ese mismo Departamento ha sido testigo de la marginación sombría de la filosofía en la Universidad, en nombre del imperio demoledor de la ciencia, las nuevas tecnologías y otras iniciativas más vistosas.  Algo de inconcluso, de “hecho a medias”, tuvo la occidentalización de Benítez, cuando la filosofía y las humanidades, esenciales desde el origen de las universidades en el siglo XIII, aún libran la batalla por subsistir.  Pienso que había mucho de utopía fallida en aquella occidentalización mitologizada, y mucho de incerteza sobre cómo lograr que se mantuvieran, a largo plazo, aquellos estándares de universalismo en el Caribe.


Notas:
1El tema de las tradiciones intelectuales caribeñas ha sido explorado magistralmente por Arcadio Díaz Quiñones en su libro más reciente: Sobre los Principios: los intelectuales caribeños y la tradición (2006).
2“La Reforma Universitaria”, el 15 de febrero de 1943.
3“Discurso del Cincuentenario”, el 12 de marzo de 1953.
4Benítez leía a Ortega desde el 1931, aunque lo conoció en Colorado en el 1949. Su tesis de la Universidad de Chicago versó sobre el pensamiento social y político de Ortega. La admiración de Benítez por Ortega era patente y se identifica con facilidad dentro de sus discursos (Benítez, “El Ortega que conocí” [1984], Discursos… 83-101).
5“La vida universitaria y sus símbolos”, de 1950.
6Es preciso una lectura “sintomática” de los discursos del rector Benítez. Se trataba de piezas intencionalmente estructuradas para ser didácticas y persuadir sobre la legitimidad de un proyecto educativo y, en el fondo, político.
7Jaime Benítez fue rector de la Universidad de Puerto Rico de 1942 al 1966. Luego fue presidente de 1966 al 1971 y Comisionado Residente por el Partido Popular Democrático de 1972 al 1976.
8Aunque Domingo Marrero Navarro fue profesor de Estudios Generales y Director de su Departamento de Humanidades, merece destacarse como una figura central que contribuyó a sentar las bases de la filosofía en el Recinto.
9Seguramente peco de notables omisiones e imprecisiones en este breve recuento del Departamento de Filosofía. La historia de ese Departamento está por escribirse y mi memoria no pretende sustituirla.

Referencias:

Benítez, Jaime.  Discursos.  San Juan: UIPR, 2002.

Díaz Quiñones, Arcadio.  Sobre los Principios: los intelectuales caribeños y la tradición.  Buenos Aires: Editorial U Nacional de Quilmes, 2006.

Eliot, T.S. “Tradition and the Individual Talent”.  Essays of the Masters.  Ed. e intro. Charles Naider.  New York: Cooper Square P, 2000. 52-60.

Conant, James Bryant.  General Education in a Free Society, Report of the Harvard Committee.  London: Oxford U P, 1946.

Said, Edward.  Culture and Imperialism.  New York: Vintage Books Random House, 1994.

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu