El tamaño de mi esperanza

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Reflexión

“ Sé lo que hay de utópico en mis ideas y la lejanía entre una posibilidad intelectual y una real, pero confío en el tamaño del porvenir y en que no será menos amplio que mi esperanza.”

J. L. Borges

La voluntad de hacer las cosas bien es insustituible.  El canon ético que emana de este simple enunciado es una formidable síntesis de mi experiencia en la recién creada y también finalizada Junta de Política Cultural.

Durante sesenta (60) días exactos una pléyade de participantes respondieron a la convocatoria pública para recomendar lineamientos de una posible política cultural para Puerto Rico.  Y lo hicieron impecablemente con gran riqueza de propuestas  concretas,  análisis  lúcidos y buena voluntad que me hicieron sentir orgulloso y esperanzado nuevamente  en mi país.

“Cuando la irracionalidad se vuelve norma ocurre que hasta la más tímida esperanza infarta,” dice el maestro Luis Rafael Sánchez en Devórame otra vez.  Pero resulta que en medio de la irracionalidad y el absurdo de la vida pública que vive el país, existe el legítimo derecho a albergar esperanzas.  No como utopía languidecida y remota –“Hay esperanza, pero no para nosotros”–, sino como posibilidad fundada en muchos hombres y mujeres que con orgullo producen y conservan los bienes culturales de esta nación.

Mi lectura crítica y suspicaz de las intencionalidades, las disidencias  y las coincidencias de los deponentes pronto se desmoronó ante la contundencia de los argumentos y la pasión de su defensa:  había en ellos convicción, peso y compromiso.  “Algo dramático hay que hacer”, parecían coincidir unánimemente ante lo que acaso son los “eternos retornos” que todos conocen y nadie, vergonzosamente, remedia:  desarticulación, duplicidad y falta de coordinación entre entidades que tienen la responsabilidad pública de la gestión cultural en el país.  Por años la pobreza de la administración pública en los asuntos culturales parece haber estado predicada en una silente y consistente política de que “no hay que rendir cuentas” y “nadie me va apreguntar”.  Combinada, tan augusta  política cultural, con la no menos radiante política de los cupones culturales (en la feliz frase de Idalia Pérez Garay para aludir a la asignación de pequeñas cantidades de dinero distribuidas horizontalmente) se arriba a la perpetuación histórica de la mediocridad en la administración pública cultural.  No es un asunto de personas, muchas de ellas buenas, inteligentes y bien intencionadas, sino de estructura organizativa y cultura de trabajo gubernamental que, como es norma ya en Puerto Rico, no establece estándares e indicadores de calidad y ejecución.  Hacer el trabajo bien, mediocre o deficientemente da igual.

Lo esperanzador del encuentro con este amplio grupo de artistas, líderes comunitarios, productores, empleados, directores de museos, artesanos, entre otros, es que ellos sí tienen estándares altos y, además, tienen la voluntad de alcanzarlos.

Puerto Rico produce artistas plásticos de calidad internacional cuyas piezas escasamente trascienden nuestras costas.  Y no es sólo la gráfica, que nos ha distinguido desde los años cincuenta, si no la pintura, la escultura, la cerámica:  todas con notorios ejemplares de valor estético incuestionable por su originalidad, calidad formal y producción consistente.  Artistas con propuestas estéticas del más alto nivel formal como Antonio Martorell, Luis Hernández Cruz, Susana Espinoza, Bernardo Hogan, Jaime Suárez para mencionar sólo un puñado de las decenas de nombres que mi memoria evoca.  Por otro lado, en las artes de la representación es dramático la cantidad de profesionales del teatro y la danza  que, a fuerza de tesón y voluntad, adelantan sus proyectos.  El Departamento de Drama de la Universidad de Puerto Rico, principalmente, ha sido el gran generador de notables figuras con maestras del nivel superior como Gilda Navarra, Victoria Espinoza, Myrna Casas, Idalia Pérez Garay y Rosa Luisa Márquez.  Sin embargo, triste situación la de las artes de la representación, a veces en búsqueda de espacios y a veces de público.

Las artes musicales son otro cuento.  Se maravillaba Antonio Barasorda de la cantidad de cantantes y músicos de calidad que producía Puerto Rico por milla cuadrada.  Por alguna insospechada razón caribeña somos una cultura muy musical.  Desafortunadamente, es muy difícil llevar a cabo proyectos musicales, que no sean espectáculos populares, es decir, proyectos de envergadura cultural que le dé presencia e identidad al país por su calidad musical diversa.

Hay mucho más.  Puerto Rico produce maestros, artesanos, poetas, escritores, arquitectos, en cantidad y calidad muy respetable.  Personas a cargo del patrimonio histórico con verdadero compromiso y conocimiento de lo que hay que hacer.  Directores de museos y centros culturales serios y comprometidos con una agenda racional cultural enriquecida.

Son todos estos gestores culturales los que permiten reivindicar la palabra esperanza, desterrada del vocabulario filosófico y reducida a idealismo hueco, gracias al existencialismo y algunas modalidades del marxismo.  Su mensaje unívono, en nombre de la resistencia cultural ilustrada, fue muy certero y alentador:  estamos haciendo y queremos seguir haciendo buen arte, hacer buenas producciones, internacionalizables por su calidad; tenemos sí la inquebrantable voluntad de no dejarnos arrebatar un patrimonio cultural rico en formas, matices, diversidad y expresividad.  Pero esa cultura tiene que tener los más altos estándares de calidad y enmarcarla en el “gran contexto”, en la historia supranacional de cada arte, como diría el gran escritor checo Milan Kundera.  En fin, su mensaje manifiesto fue para trascender las exclusiones y superar la estrecha dicotomía entre cultura puertorriqueña y cultura universal.  Jose Luis González lo expresó lapidariamente en La luna no era de queso:   “Cultura nacional no es cultura provinciana.  Una verdadera cultura nacional es una expresión particular de la cultura universal”.

Puerto Rico vive momentos muy duros que abruman, arrinconan y hunden en la desesperanza.  Momentos que hacen pensar que estamos en los umbrales de una larga penitencia. Contrapunteando con esa angustia existencial, provocada en buena medida por politicastros efímeros, están los verdaderos hacedores de cultura, los gestores que construyen la resistencia día a día.  Son estos los que redimen el país y definen, para decirlo con Borges, el tamaño de mi esperanza.

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu