El vacío público

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El vacío de la vida pública puertorriqueña es la consecuencia lógica, necesaria, del empobrecimiento sin precedentes de las figuras del Político y el Intelectual.  Pienso que la retórica y la sofística han penetrado, a tal punto, la cultura política e intelectual del país, que la verdad y la mentira se han intercambiado cínicamente con la mayor naturalidad.  ¿Cómo llegamos aquí?  ¿Cómo superar ese  nihilismo del  “para qué” y “a mí qué”?  Miremos un poco la historia.

En la antigua Edad Media, el “trivium” era el grupo de estudios básicos de la escuelas medievales. Comprendía el estudio de la  gramática (incluyendo etimología, ortografía  y prosodia); el estudio de la lógica o dialéctica y el estudio de la retórica, cuya naturaleza y fin no era sólo la gracia  cosmética al escribir o hablar, sino también el  estudio de contenidos fundamentales:  materias jurídicas, morales e históricas.  Es decir, había que aprender a escribir  bien, a pensar lógicamente y a cultivar el arte del buen  decir con fundamento.

La mirada del sistema educativo en Puerto Rico se ha alejado tanto del auténtico regreso a lo esencial (“back to the basic”), se ha alejado tanto del “trivium”, que ha ido reproduciendo por gravedad la charca en que estamos sumidos.  Las artes del lenguaje sufren una crisis radical:  la escritura, lo sabemos, es un problema nacional;  la oratoria no existe en el currículo; el énfasis de la lectura parece estar en la  mecánica; y el saber escuchar, ni hablar, hay que aprenderlo por combustión espontánea.  No es casual entonces, el empobrecimiento de las figuras del Político y el  Intelectual.  Creo que la retórica, no la del  “trivium” que presupone ser un verdadero conocedor, sino la retórica peyorativa, la hueca ligada a la sofística, se ha apoderado trágicamente  de ambas figuras.

Es sorprendente y alarmante escuchar algunas figuras políticas, figuras públicas,  retorizando, formando opinión pública sobre la trivialidad, sin ideas fundamentales.  Es triste ver el tribalismo desenfrenado  que trueca la mentira en verdad y la verdad  en mentira; que promueve la invalidez a  priori del discurso opositor.  La retórica como herramienta de la argumentación efectiva, sin importar la verdad o validez del punto de vista del otro, sin importar la profundidad o trivialidad de las ideas, parece ocupar el espacio de la cultura política puertorriqueña.  Algunos políticos son citados por los medios de comunicación como si fueran oráculos que hablan, opinan y saben de todo.  Claro, hay figuras políticas del más alto nivel.  Pero los William Miranda Marín, Ramón Luis Rivera o Fernando Martín son pocos y en extinción.

La figura del intelectual en Puerto Rico es otro cuento.  En su mayoría enclaustrados en los recintos universitarios, articulando expresiones pirotécnicas, han cedido el espacio público al político profesional.  Más cerca de los sofistas, cultivan frecuentemente la retórica apabullante, las palabras con significados múltiples o sin significado.  Sin duda existen intelectuales serios y bien formados en Puerto Rico,  pero muchos han sido víctimas de las enfermedades típicas de la profesión:  el cinismo,  el escepticismo y la apatía.   Las excepciones a estos, como el caso de Arcadio Díaz Quiñones o Luis Rafael Sánchez, asumen dignamente el rol crítico del intelectual público – tan presentes en otras culturas (Edward Said en E.U., Juan Goytisolo en España o Carlos Mosivais en México), tan ausentes en la nuestra.

¿Cómo salir de esta charca, de esta cultura de la retórica hueca?   La situación es compleja y apabullante.  Pero el sistema educativo tiene una indelegable responsabilidad.  Urge que se adopte un proyecto educativo nacional para rescatar el “trivium”:  el arte del buen decir y escribir correctamente con ideas fundadas; el razonamiento lógico y crítico (que trascienda precisamente ese  aguado pensamiento crítico, tan de moda); el estudio de lengua, de su gramática, origen  y estructura.  Urge pues que regresemos verdaderamente a lo básico:  a las artes del lenguaje.  Hablar y escribir correctamente es un arte que se aprende y  cultiva, no llega por osmosis.  La lectura diversa, intensa y extensa, es insustituible.  El arte de escuchar y, por ende, de dialogar y abrirse a otras perspectivas, es una disposición que se diseña y  se enseña practicándolo, es decir, modelándolo.

Claro, el trueque de la verdad y la mentira, de las mentiras disfrazadas y la retórica trivial, de la falta de seriedad al emitir opiniones sobre lo que no se conoce, es decir, de la sofística que cala hondo en la cultura política e intelectual del país, son finalmente asuntos morales y valorativos.  Y, aunque los valores también se enseñan, parece que aquí, como decía Wittgenstein, el gran filósofo austriaco, “se dobla la pala”:  es decir, toca fondo la reflexión porque es imprescindible la voluntad y el hábito de hacer lo correcto y cumplir con criterios fundamentales de veracidad.  Se han creado múltiples “juegos de lenguaje”, donde lo verdadero y lo falso se definen dentro y para cada uno de esos juegos.  El relativismo desenfrenado en que “todo vale” resulta ser la consecuencia lógica de estos “juegos de lenguaje”.  Urge pues la voluntad del intelectual que asuma el rol de crítico  y encare los problemas fundamentales de la cultura y del político de altura, comprometido y al servicio del bien público, que rompa con esa cultura de la retórica y nos rescate de la charca en que se encuentra el país.

Por:  Dennis Alicea Rodríguez
Rector, Universidad del Turabo

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu