Jean Paul Sartre y los cruces de la filosofía y la literatura

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Sartre fue un paradigma del intelectual público: crítico de su tiempo, creador de conceptos y ficciones, comprometido con sus convicciones políticas

Por Dennis Alicea

Ilustración: José L. Díaz de Villegas Freyre

Rescatar la memoria de intelectuales célebres es una acción culturalmente significativa.  El reconocimiento de la identidad de los

autores de ciertas ideas ha sido desplazado por la mención de éstas sin las referencias obligadas a sus orígenes, a los individuos que nos las legaron o inspiraron.  Así se adjetivan los amores como ‘platónicos’, las angustias como ‘existenciales’, al país coo ‘Macondo’, al capitalismo como ‘salvaje’, a las situaciones como ‘kafkianas’ o ‘borgianas’, sin aludir directamente ni a Platón, ni a Sartre, ni a García Márquez ni a los otros intelectualmente responsables de tales perspectivas.  En ocasiones a los intelectuales de peso les ocurre lo mismo que a los grandes compositores de música popular: se conocen sus creaciones y se desconocen sus personas.

Jean Paul Sartre (1905-1980) es una de las figuras intelectuales más célebres y deslumbrantes del siglo XX que no merecen tan triste destino.  Anatematizado en Francia, su país natal, y reducido a la anonimia en otros lugares (como Puerto Rico), este año celebramos el centenario de su nacimiento por el significado filosófico y literario que representó.  Como filósofo y escritor su obra es un testimonio espectacular de los cruces insospechados entre filosofía y literatura, tan patentes después del post-modernismo francés.

Sartre fue la figura emblemática del existencialismo, filosofía que dominó el ambiente intelectual, literario y cultural europeo a mediados del siglo XX y cuya resonancia persiste por la profundidad de los problemas planteados y las maneras originales de enfrentarlos.  Desde El ser y la nada (1943), su obra existencialista fundamenta, asistimos a la más férrea defensa del individuo: su libertad, su imaginación y responsabilidad al construir sus proyectos.  Víctima de la guerra en un campo de prisioneros de los nazi, Sartre fue marcado por esa experiencia abrumadora.  Elaboró su filosofía y su literatura desde el significado profundo de la irrepetibilidad y contingencia de la xistencia, la libertad y la responsabilidad absoluta de escoger proyectos desde “la facticidad” (hechos incambiables de nuestra vida individual como el pasado, el sitio que ocupo), trascendiendo lo dado y construyendo el ser mediante el hacer: “una filosofía humanista de la acción, del esfuerzo, del combate, de la solidaridad…”

Posteriormente pretendió complementar El ser y la nada con su segunda obra monumental, Crítica de la razón dialéctica (1960), dedicada a rescatar al sujeto individual con nombre, tragado por el marxismo esclerotizado de la era post-estalinista.  Enmarcar al marxismo y al existencialismo en una sola propuesta filosófica coherente fue un intento que a muchos les pareció fallido, contradictorio e irreconciliable, pero no menos profundo, arrojado e imaginativo.

El pensamiento sistemático y conceptual de sus obras filosóficas trascendió literalmente de variadas formas: novelas, ensayos críticos, creaciones dramáticas, biografías, autobiografías.  Desde su novela La náusea (1938) se plasman profundos conflictos existenciales que van a ser tratados luego en El ser y la nada: la metafísica de la cotidianidad, la libertad individual y la existencia mediocre de Antoine Roquestin.  Y en su biografía de Gustavo Flaubert, El idiota de la familia (1971), rescató esa individualidad irrepetible que predicó con ahinco en la Crítica de la razón dialéctica: “Valéry será un pequeño burgués, pero no todo pequeño burgués es Valéry”–fórmula que destaca la singularidad de ese individuo que puede ser borrado por las estructuras, las clases y los sistemas.

La literatura sartreana, similar a sus tratados filosóficos, fue lo que se denomina “literatura comprometida” pero, advierte Sartre en su revista literaria Los tiempso modernos: “el compromiso no debe inducir a que se olvide la literatura…” esto es, el estilo, la forma, la ficción coherente y la capacidad de producir “alegría estética” en el lector.

La relación de la filosofía y la literatura fue muy compleja para Sartre.  Los concebía como discursos que se entrecruzan –el conceptual/sistemático y el ficcional/metafórico– y que pueden servir de medio uno al otro, pero mantieniendo su identidad, irreductibilidad, coherencia y lógica propia.  Eso sí, ambos son formidables expresiones de la libertad individual.

¿Cómo es posible que una figura que produce ¿Qué es literatura?, uno de los ensayos críticos más agudos, además de obras filosóficas monumentales –provocativas y originales– y respetables creaciones literarias, pase totalmente desapercibido en el escenario cultural puertorriqueño?

Es interesante preguntarse cuáles son las condiciones y contextos que propician que ciertos autores, en ciertos momentos o sitios, gocen de actualidad o la pierdan repentinamente o, inclusive, la recuperen.  Primero, se debe alclarar que el centenario de Sartre ha pasado desapercibido en Puerto Rico y no necesariamente en otros escenarios que muestran generalmente más apertura intelectual.  Princeton, por ejemplo, ha organizado actividades para el análisis de sus trabajos.  Segundo, la ausencia de reconocimiento puede deberse a la pobreza de la crítica que distorisiona el valor intelectual, específicamente el de aquellas figuras con compromiso político y social.  Hay una incapacidad para calibrar objetivamente el valor intelectual y cultural de la obra de un autor sin prejuzgarlo por razones exógenas.  Algo similar ha pasado con Karl Marx y Georg Lukács después de la caída del bloque soviético.  Ya estamos viendo su recuperación.  Finalmente, y más grave aún, puede deberse a un creciente y sutil clima anti-intelectual, anti-teórico, anti-conceptual y anti-sistemático en Puerto Rico que cambia su fisionomía, pero no su sustancia, en las universidades, en los medios de comunicación y en otros escenarios públicos.  Es la cultura de la literatura “light”, las lecturas breves y lo estrechamente práctico.  En ese contexto, Sartre es un anti-héroe.

Sartre fue un paradigma del intelectual público: crítico de su tiempo, creador de conceptos y ficciones, comprometido férreamente con convicciones que lo llevaron a una práctica y a un compromiso político sin concesiones.  Integrante de una venerable tradición que examina los linderos de la filosofía y la literatura, tradición que inclye a figuras notables como Dostolevski, Proust, Tolstoi y Camus, Jean Paul Sartre dibujó un nuevo plano filosófico y literario que marcó, para la historia, la cultura intelectual del siglo XX.

Dennis Alicea es estudioso de la filosofía y rector de la Universidad del Turabo.

Publicado originalmente en la sección Letras del periódico El Nuevo Día el 11 de diciembre de 2005, en la página 3.  Para ver el documento original, haga clic aquí.

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu