Los bordes del irracionalismo

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lunes, 20 de diciembre de 2004

Dennis Alicea Rodríguez
Rector Universidad del Turabo

El gran totalizador de la filosofía antigua, Aristóteles, nos dio una imperecedera lección, aún no aprendida tras 2,326 años: decía que el fundamento de la vida virtuosa era el autodominio y la autorregulación que los seres humanos debíamos exhibir sobre nuestras emociones y conductas. La educación del reino de las emociones, clásicamente identificada con el irracionalismo, era crucial para la vida buena y, en última instancia, para la eudaimonía o felicidad.

Una mirada somera al comportamiento colectivo puertorriqueño exhibido en este período pre y post electoral, revela cuan urgente y crítico es centrar esfuerzos en las políticas educativas que han erradicado la educación y manejo de las emociones del reino de los saberes. La necesidad radical de educar las emociones, de examinar esas zonas obscuras y límbicas, se hace patente hoy, ante el absurdo de conductas colectivas bochornosas, cuasi irracionales, tanto de líderes, seguidores, como de algunos “****istas políticos”.

Lo que se respira es intolerancia medieval; dificultad para calibrar las diferencias y respetarlas; insultos impulsivos, sin contemplación; crítica sin matices, aniquiladora y prepotente; uso malicioso y vengativo de los instrumentos fiscalizadores del Estado; coraje irracional contra el opositor; o simplemente, incapacidad para escuchar y, por ende, para conversar.

Creo que aquí hay un serio mal de fondo. Históricamente, los sistemas educativos le han dado un primado a la educación de una sola parte del cerebro, la de los lóbulos frontales, el hemisferio izquierdo y la neocorteza, donde se asienta lo cognoscitivo. El “buen estudiante” se define por sus cualidades intelectuales, “cerebrales”, su cociente de inteligencia. El cultivo de las destrezas ****íticas, lógicas y lingüísticas son los parámetros, la quintaesencia de la buena educación. Y, sin duda, son imprescindibles para la formación de una persona educada. Pero son condiciones necesarias, no suficientes.

Ese otro lado, el hemisferio derecho y el sistema límbico, el asiento de las emociones, no puede ser descuidado. Enseñar el manejo y control de las emociones es tan importante para la vida, felicidad y educación de las personas como el más loable esfuerzo de desarrollar “genios” o máquinas de pensar. Entender las estructuras de la vida emocional, (como en efecto intenta hacerlo la sicología clínica moderna y la neurología) y los procesos de maduración biológica y neurológica es crucial para adelantar cualquier agenda de educación de las emociones.

Hay literatura en los últimos veinte años que provee guías instrumentales excelentes para la enseñanza y manejo de las emociones. No debe extrañar que la dimensión estética y el arte tengan un rol decisivo en este particular. Sobre todo, se debe destacar el teatro (especialmente, la tragedia); cierto tipo de música; las artes plásticas, tanto su apreciación como ejecución; o la literatura, cuyas formas sutiles de indagar las emociones desbrozan caminos no trillados. Estoy convencido de que el excelente Ensayo sobre la lucidez de José Saramago, o el “Galileo Galilei” de Bertolt Brecht, o la “Antígona” de Sófocles, o la música de Brahms, o las pinturas de Kandinsky son mejores instrumentos para penetrar el reino de las emociones que múltiples exhortaciones a controlar nuestros impulsos.

El pensamiento reflexivo sigue teniendo una función crucial para entender y reconocer racionalmente el comportamiento correcto, pero incluso puede convertirse en el mayor obstáculo, siendo el perfecto vehículo de las racionalizaciones de los desmanes e impulsos. El deprimente y bochornoso espectáculo que hemos sufrido todos los que observamos, sin remedio, gran parte de la campaña política, apunta a la necesidad de una profunda reflexión sobre la educación de las emociones y su impacto en las artes de la democracia.

Los valores democráticos son más que el sufragio acartonado cada cuatro años y la elección de unos representantes. Es también la tolerancia de la que habló Jeremy Bentham, o los “intereses compartidos” que recalcó John Dewey. Ante todo es un modo de asociación comunitaria basado en valores morales como el respeto a las diferencias, la comunicación entre seres razonables y la expresión libre responsable.

Adscribir prioridad a la educación y enseñanza del manejo de las emociones no es pues algo accesorio, deseable en lo posible, o una materia más por cubrir. Es sencillamente una necesidad primaria impostergable, esencial para la vida democrática y la convivencia civilizada.

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu