En torno a Artesanía de la escritura filosófica

FacebookTwitterGoogle+Share
Por José Luis Vega 
Director de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española
 

Agradezco a Dennis Alicea la oportunidad de decir algunas palabras acerca de su libro Artesanía de la escritura filosófica. Hablaré desde la vecindad de la poesía y como lector ocasional de obras filosóficas, autorizado solo por el parentesco evidente, al menos para mí, de la filosofía con la poesía y el lugar, siempre elusivo, del lenguaje en ambas actividades del espíritu.

Escribir y publicar un libro de reflexiones filosóficas, al menos en nuestro entorno, supone una osadía semejante a la de escribir y publicar un poemario. La poesía y la filosofía son actividades esenciales de la condición humana, cuyos principios básicos, que deberían estar al alcance de todos, han quedado relegados al interés de unos pocos. El poetizar y el filosofar son formas extremas del lenguaje y del pensamiento que perduran por su necesidad intrínseca, gracias a vocaciones tenaces, al margen de los estímulos para una más amplia recepción. La actividad filosófica y la poética no procuran fines inmediatos, utilitarios, promocionales ni mercantiles; su propósito es alumbrar ese lugar de la conciencia donde el lenguaje y el pensamiento se encuentran o se reconocen. Las palabras que Saint-John Perse pronunció sobre la poesía también aplican a la filosofía: “La oscuridad que se le cuestiona no deriva de su naturaleza propia, que es la de develar, sino de la noche misma que explora, a la que está consagrada a explorar: la del alma y el misterio que rodea al ser humano. (…) y este reto no es menos exigente que el de la ciencia”. En efecto, el poeta, el filósofo y el científico exploran, por caminos distintos, un enigma común, y si no fuera por las aplicaciones de la tecnología y las apropiaciones del poder y el mercado, el científico viviría en una marginación parecida a las del poeta y el filósofo.

Pero ni el poeta ni el filósofo gastan mucho tiempo en lamentaciones, antes bien asumen su situación como parte de las condiciones necesarias para su trabajo, entre otras, el ocio vigilante, la lectura y el desinterés por lo inmediato y banal. Asumen también la existencia de, al menos, un puñado de interlocutores que, hoy o mañana, se sentirán, de alguna manera, aludidos por sus contraseñas. Las palabras que preceden el libro de Dennis Alicea son, en cierto sentido, una apelación a ese probable lector  a quien el autor imagina como una “figura opaca, algo intrigante, casi invisible”, amigo que se inmola ante la lectura o enemigo que aprovecha las palabras ajenas para saldar cuentas viejas, pero nunca neutral. El poeta y el filósofo asumen también que la inteligencia y la imaginación, si no son eternas, al menos tienen la cualidad de perdurar como una nube dilatada en el horizonte de lo humano. Si no, cómo explicar esa inmensa ola que desde Homero hasta Nietzsche, desde las Upanishads hasta Pessoa, desde Platón hasta Luis Palés Matos nos arropa.

Sin embargo, la historia de los límites entre la poesía y la filosofía, en tanto que formas del conocimiento y del lenguaje, ha sido compleja y sinuosa: Platón, Nietzsche, Heidegger, María Zambrano son sólo cuatro nombres que bastarían para aludir a la compleja relación entre poesía y filosofía, relación que ahora no nos compete considerar. Me limito a citar las palabras de Zambrano sobre exclusión de la poesía, porque fueron escritas en el ámbito de nuestra lengua:

Es en Platón donde encontramos entablada la lucha con todo su rigor, entre las dos formas de la palabra, resuelta triunfalmente para el logos del pensamiento filosófico, decidiéndose lo que pudiéramos llamar «la condenación de la poesía»; inaugurándose en el mundo de Occidente, la vida azarosa y como al margen de la ley, de la poesía, su caminar por estrechos senderos, su andar errabundo y a ratos extraviado, su locura creciente, su maldición. Desde que el pensamiento consumó su «toma de poder», la poesía se quedó a vivir en los arrabales, arisca y desgarrada diciendo a voz en grito todas las verdades inconvenientes; terriblemente indiscreta y en rebeldía.

Sin embargo, el destino de la Filosofía no ha sido menos azaroso que el de la Poesía, antes bien, ambas han compartido los azares de la marginación, y no pocos filósofos han mirado con empatía la palabra poética, pienso en Schiller, Nietzsche, Heidegger, nuestro Francisco José Ramos, y no pocos poetas ha tratado de construir una interpretación filosófica del mundo desde sus poéticas particulares, pienso, por ejemplo, en Hölderlin, Rilke, Pessoa y Lezama Lima.

Desde su título, Artesanía de la escritura filosófica, el libro de Dennis Alicea propone la escritura como un lugar de convergencia y encuentro entre la filosofía y la poesía, término que ahora utilizo en el sentido general de arte o creación literaria, y no en el sentido heideggeriano de “fundación del ser por la palabra”, que es el que subyace también en las observaciones, ya citadas, de María Zambrano.  La metáfora del título alude a la escritura como una práctica, un tejido textual, en el que la filosofía y la literatura se imbrican. La imagen textil pertenece a la clase de metáforas que Lakoff y Johnson llaman estructurales, para referirse, precisamente, a aquellas en las que una actividad o una experiencia se organiza comparativamente en términos de otra. En efecto, en español solemos emplear la imagen textil para referirnos al lenguaje oral o escrito, “tramar un argumento”, “urdir un discurso”, “pegar la hebra”, “seguir el hilo de la conversación”.  Esta metáfora, tal como la emplea Dennis Alicea, despoja el acto de escribir de cualquier elemento mágico o trascendente; escribir es una artesanía, que si bien puede ser hermosa y cuidada, es el resultado de la aplicación de unas técnicas. El artesano  -en este caso, metafóricamente, también el escritor- que fabrica objetos imprimiéndoles un sello personal, es una figura intermedia entre el artista movido por la inspiración irracional y el obrero fabril, que manufactura mecánicamente objetos seriados.

Curiosamente, Platón, que desterró a la poesía del ámbito del discurso filosófico, también inscribió sus diferencias en la práctica de la escritura. En el Fedro, después de examinar las ventajas y desventajas de la escritura frente a la oralidad, pone en boca de Sócrates, quien nunca escribió una página de intención filosófica, la distinción entre la manera de escribir del filósofo y la del poeta. Según Platón, la palabra filosófica, a diferencia de la poética, ha de estar sujeta a la validación continua de sus proposiciones; su valor entonces no está en la palabra misma, sino en el empeño del filósofo por la verdad:

SÓC. Y lo que hemos de anunciar es que si, sabiendo cómo es la verdad, compuso esas cosas, pudiendo acudir en su ayuda cuando tiene que pasar a probar aquello que ha escrito, y es capaz con sus palabras de mostrar lo pobre que quedan las letras, no debe recibir su nombre de aquellas cosas que ha compuesto, sino de aquellas que indican su más alto empeño.

FED. – ¿Qué nombres le pondrías, entonces?

SÓC. – En verdad que llamarle sabio me parece, Fedro, venirle demasiado grande, y se le debe otorgar sólo a los dioses; el de filósofo, o algo por el estilo, se acoplaría mejor con él y le sería más propio.

A renglón seguido, Platón revela, una vez más, la suspicacia que el poeta le inspira:

SOC. Entonces, el que, por el contrario, no tiene cosas de mayor mérito que las que compuso o escribió dándoles vueltas, arriba y abajo, en el curso del tiempo, uniendo unas con otras y separándolas si se tercia, ¿no dirás de él que es un poeta, un autor de discursos o redactor de leyes.

FED. – ¿Qué si no?

SÓC. – Anúnciale, pues, todo esto a tu compañero.

Contrario a la tradición platónica, para Dennis Alicea la escritura filosófica elabora un tejido textual parecido, hasta cierto punto, a la literatura.  Su concepto de la escritura como experiencia parecería coincidir, al menos parcialmente, con la del autor de obras literarias y la de no pocos poetas: “Toda escritura parece generar un insondable deleite. Deleite por la estética del pensamiento y las palabras. Tiene la escritura rasgos artesanales inconfundibles, como en la elaboración de una pieza, quitando aquí y allá, donde el sujeto de objetiva hegelianamente en el objeto, produciendo el placer de aquietar la conciencia, autoconocerse y esclarecerse a uno mismo. La idea de plasmar sobre el papel vacío lo que se piensa, y no siempre se dice, tiene algo de catártico y liberador”. Para Alicea la escritura es una materialidad, una práctica -casi un cuerpo que se entrega a la experiencia- donde razón, intuición, placer, ética y estética convergen. La escritura filosófica se despliega como “un inmenso torbellino de tensiones entre tradición y actualidad”, que se manifiesta como “un umbroso diseño… que variará conforme avanza el tejido”. Muchos autores de ficciones literarias y no pocos poetas suscribirían estas palabras. ¿Dónde está entonces la diferencia entre la escritura filosófica y la literaria?  Para encontrarla habría que determinar desde qué punto de la tradición filosófica habla Alicea y cuál es el concepto de lenguaje que sustenta.

Estas determinaciones están implícitas en los ocho ensayos que, agrupados en dos partes, que integran el volumen. Los tres ensayos que componen la primera esclarecen la perspectiva o ideario filosófico del autor, y la segunda, aplica dicha perspectiva al comentario de cinco autores: Ernesto Sábato, Roland Barthes, Susan Sontag, Naipaul y Jean Paul Sartre. La perspectiva filosófica desde la cual habla Dennis Alicea se nutre de dos fuentes primarias: la crítica a la filosofía analítica desde la cual concluye que el mundo objetivo existe en sí mismo y “no todo es lenguaje” y el pragmatismo, movimiento filosófico según el cual el significado de una concepción intelectual está determinado por sus consecuencias prácticas. Conviene aclarar que el pragmatismo, tal como lo concibió su fundador Charles Sanders Pierce, no debe entenderse como una teoría de lo utilitario, sino como un método que abre posibilidades de acción que se convierten, a su vez, en el único modo de clarificar los conceptos y generar creencias.  En las últimas décadas Pierce se ha convertido en un filósofo de culto que ha dado pie a lo que R. Berstein ha llamado el “resurgimiento de pragmatismo”, reavivamiento que ha puesto la atención también en otras figuras importantes de esa tendencia como William James y John Dewey. Autores como John McDowell, Hilary Putnam y Richard Rorty, entre otros, son figuras centrales del resurgimiento del pragmatismo con las que Alicea dialoga explícita o implícitamente en muchos de los ensayos de su libro.

La actitud y los acercamientos de Dennis Alicea a la literatura participan, hasta cierto punto, de la concepción de Richard Rorty quien homologó los lenguajes de la filosofía y la literatura y revisitó el tema de la ética a través de las obras de Marcel Proust, Henry James y Walt Whitman. Rorty no le atribuye a filosofía la misión de fundamentar el conocimiento, sino la de  escribir acerca de determinados problemas desde una perspectiva no más rigurosa que la de otras especialidades humanísticas (historia, crítica literaria, poesía, periodismo…) Para Rorty la filosofía debe participar, como una disciplina más, en lo que él denomina la «conversación de Occidente» o «conversación de la humanidad».  Sin embargo, creo que Alicea compartiría la conclusión de Habermas sobre Rorty en el sentido de que su proyecto resulta en una pérdida de los parámetros críticos que marcan una diferencia real en nuestras prácticas cotidianas. Aun así Dennis Alicea se inscribe en la «conversación de Occidente» desde parámetros apreciativos que propenden a abolir la distinción tradicional entre filosofía y literatura:

¿Cuándo es filosofía? ¿Cuándo es literatura? ¿Cómo lo sabemos? En realidad a veces no lo sabemos y, tal vez, no es necesario saberlo siempre. A veces, la diferencia es obvia y transparente, a veces es sutil e insinuada y, a veces, es muy confusa y compleja. Brillantes ideas filosóficas caen de obras literarias del mismo modo que imaginativas e iluminadoras ficciones caen de texturas filosóficas.

Esta aparente ambigüedad estructura el libro y el pensamiento de Dennis Alicea. En su credo filosófico conviven el realismo, las persuasiones del pragmatismo, la negación de cualquier interpretación trascendente de los fenómenos y un posmodernismo moderado que propende a la porosidad de los saberes y al pluralismo filosófico. Desde el realismo, Alicea afirma que  el mundo existe independientemente del lenguaje y la conciencia. Se trata de una creencia, es decir, de una hipótesis pragmática que asume que el mundo y sus objetos no son producidos por el sujeto ni por el lenguaje. En este punto, Alicea alude a Hume para persuadirnos de que el mundo objetivo existe como un axioma de acción necesario: “aunque no haya fundamentos para afirmar la realidad externa, tenemos que actuar como si los hubiera”. No obstante, el lenguaje, en su relación especular con el pensamiento, es la única posibilidad de conocimiento del mundo y la verdad. “Parece -dice Alicea- que solo nos conectamos a los objetos a través del prisma del lenguaje.” La metáfora del “prisma” resalta el resultado siempre ambiguo, múltiple e impreciso de la relación del sujeto con el mundo a través del lenguaje. Dennis Alicea entiende el lenguaje  desde una perspectiva inmanente y evolucionista; considera que los sistemas de signos son “admirables productos de la evolución cultural humana y, obviamente, sistemas de comunicación, cuyos niveles de complejidad y sofisticación alcanzados indican que su carácter instrumental, originalmente atado a la radical necesidad animal de comunicación y supervivencia, ha sido rebasado a través de la evolución”.  Por lo tanto, otro momento de su argumentación dice el autor: “pienso que el lenguaje se conecta con el mundo por una razón nada metafísica ni inescrutable. Sencillamente lo compartimos y estamos fundamentalmente de acuerdo en su uso, lo que permite guiarnos en la práctica y entendernos”. Alicea hace suya la acepción pragmática de la noción de “verdad”, y, al efecto, cita la memorable definición de Pierce: “La opinión está destinada a ser finalmente acordada por quienes investigan, es lo que queremos decir por la verdad, y el objeto representado en esta opinión es lo real… Esa es la forma como yo explicaría la realidad”

En el acto de explicar la realidad intervienen diversas clases de lenguajes. En su libro, Dennis Alicea se acerca, con mayor o menor extensión, al lenguaje natural, al científico-matemático, al filosófico y al artístico, que comprende las artes plásticas, la música y la literatura. Todos, de alguna forma u otra, constituyen esquemas conceptuales que dotan de sentido nuestra experiencia de la realidad. Al considerar la relación entre filosofía y ciencia, Alicea subraya la autonomía del lenguaje filosófico frente al científico: -“la filosofía existe y va a seguir existiendo, y no es posible diluir su lenguaje en el lenguaje de la ciencia”; sin embargo, cuando de filosofía y literatura se trata, la frontera entre sus lenguajes se diluye:  “la reflexión filosófica está cubierta con frecuencia por las formas literarias y es el modo de acercamiento de estas, más metafórico y más indirecto, lo que le permite capturar ciertas zonas de la realidad en toda su complejidad y ambigüedad. Afirmar esto es, sin duda, anatema para algunas tradiciones filosóficas, sobre todo las cientificistas y positivistas; pero la evidencia, sostengo, es contundente”. Como ya he dicho, Dennis Alicea escribe convencido de “la porosidad de los saberes” y también de que “desde fines del siglo XIX y, sobre todo, a partir del siglo XX la filosofía y la literatura han cruzado sus proyectos de muchas maneras creativas”.

Desde el esquema conceptual aludido, Dennis Alicea se acerca a la literatura. Reflexiona inicialmente acerca del estilo aforístico que cultivaron filósofos como Pascal, Gracián, Kierkeegard, Nietzsche, Adorno y Wittgenstein. Para Alicea, “el aforismo representa una manera peculiar de pensar y escribir, distinta a la palabra lógica de los pasos sucesivos y concatenados en prolijos argumentos”.  Es evidente que su interés por el expresión aforística se justifica por su alejamiento deliberado de las formas canónicas y sistemáticas de hacer filosofía y su proximidad, no solo a una poética del pensamiento, sino a la escritura poética misma, aunque esto último permanece un tanto en ciernes en el ensayo y a través de todo el libro. ¿Cuál es el límite, me pregunto, del pensamiento filosófico de Dennis Alicea ante la poesía? Me apresuro a aclarar que la palabra límite aquí no significa una limitación, sino una perspectiva que es preciso aclarar para comprender mejor el esquema conceptual desde el cual el autor examina la relación entre filosofía y literatura. La tradición inaugurada por Hölderlin, en su novela Hyperión y continuada por la exégesis de Heidegger sobre el poeta, considera la poesía lírica como una forma de escritura superior a la filosofía en su función de alcanzar la “verdad”. Pero la noción de verdad aquí supone el concepto griego de “aletheia” entendido como la aparición de lo que está escondido, lo que no corresponde exactamente a idea de la verdad como inferencia según la entiende el pragmatismo y, en general, la actividad científica. La poesía supone un salto de la intuición profunda, una develación o aparición, que el pragmatismo, al menos en su versión más generalizada, no está dispuesto a dar. Así lo admite Dennis Alicea: “La palabra poética aspira a ser palabra revelada, una suerte de epifanía de la experiencia concreta. La palabra filosófica, en cambio, quiere ser intuición intelectual. Sensibilidad y razón dramatizan aquí una tensión, la misma que tiene a filósofos y a poetas luchando desde los legendarios tiempos platónicos”. Desde esta perspectiva, la relación entre poesía y filosofía se mantiene como una relación tangencial evidente en poetas como Antonio Machado u Octavio Paz, a los que Alicea alude.

No obstante, a manera de incitación, valdría la pena detenerse en el concepto de abducción, tal como lo entendió Charles Sanders Pierce, según lo resumen Sara Barrena y Jaime Nubiola.  La abducción consiste «en examinar una masa de hechos y en permitir que esos hechos sugieran una teoría» [Collected Papers, 8.209, 1905]. Se trata de un razonamiento mediante hipótesis, un fogonazo, una intuición (insight), de una manera de razonar que combina la lógica con el instinto y que entraña una novedad. Aunque la abducción no sería posible sin conocimientos previos, Pierce le otorga un carácter originario [CP 5.181, 1903] y afirma que es la única manera en que puede entrar algo nuevo en nuestro conocimiento. Para subrayar la potencia y el alcance de esta actividad de la mente, convendría recordar aquí, de paso, que la suprema abducción, según Pierce, es la “realidad de Dios”. «En cuanto a Dios abre tus ojos —y tu corazón, que es también un órgano perceptivo— y lo ves» [CP 6.493, c.1896]. Esta metáfora o símbolo del “corazón” como facultad y posibilidad de conocimiento, tan cercana a Pascal, a Rilke y a Pessoa abre, desde el pragmatismo, una puerta súbita a la poesía.  Si en el lugar de Dios pusieramos, por analogía, el Ser de Heidegger o la unidad primordial de Hölderlin, el unicornio de Rilke, el “clariver” de Juan Ramón Jiménez, el “transver” de Gonzalo Rojas o el “prisma de la entrevisión” de Lezama Lima nos encontramos ante un interesante cruce entre poesía y filosofía, como una incitación.

En este libro, Dennis Alicea se ha detenido preferentemente en autores de novelas y ensayos, particularmente en aquellos que, a su juicio, han cultivado la filosofía en clave literaria, como los filósofos y literatos existencialistas Jean Paul Sarte y Albert Camus; también en Ernesto Sábato, a quien cataloga como un “romántico ilustrado”, y en Naipaul, cuyo eurocentrismo le repugna casi tanto como le atrae la belleza de su escritura. También se ocupa de Susan Sontang, de quien admira su compromiso, casi platónico, con la ética y la estética y en Roland Barthes cuya actividad intelectual, a juicio del autor, conjuga el eros, la utopía y el pluralismo filosófico, en el placer del texto. Con Barthes, Dennis Alicea se acerca a la última frontera. Me explico. A partir de 1970, Barthes encabezó una tendencia semiológica, a partir de la noción de Ferdinand de Saussure acerca de la relación arbitraria entre el significante y el significado, consideró que la referencialidad debía ser descartada para dar paso a una perspectiva relativista y no sistemática del signo. Como señaló Paul de Man (1971) el estudio del signo literario se divorció de la semántica. El texto fue concebido como un conjunto de signos multivalentes, multisubjetivos, multidisciplinarios y autoreflexivos abocado, en el caso de Barthes, al placer del escritor y del lector. Floyd Merrill  ha dicho, con bastante crudeza que “el último Barthes concibe la lectura como una fiesta narcisista que extrae, del dominio ilimitado de las posibilidades textuales, lo que convenga a la fantasía del lector”. De ser así, ¿cómo conciliar la actividad filosófica con la escritura y la lectura literarias así entendidas? ¿Por qué la fantasía del lector podría tener un estatus filosófico superior o equivalente a la verdad consensuada del pragmatismo o a la revelación poética?

En el libro y el pensamiento de Dennis Alicea están los conceptos capaces de emprender esta tarea de discernimiento. En la “Introducción” que, como toda introducción tiene mucho de epílogo, pues los prólogos se escriben a la postre pero se publican al principio, Dennis Alicea dice acerca de la escritura filosófica:

Pero no solo la razón (razón crítica y razón histórica) juega un rol decisivo en la artesanía de esta milenaria faena, sino también la intuición intelectual, la intuición del que posee el trasfondo de conocimiento y la sabiduría práctica (phronesis) para dar en el blanco. Los esquemas racionales permiten integrar y organizar la multiplicidad dispersa, pero, entre polaridades conceptuales, una rica complejidad existe, que muchas veces se escapa y deberá ser recuperada artesanalmente. Como quien junta fragmentos de ideas e intuiciones epistémicas, el artesano de la escritura filosófica imagina una simetría que aguarda por ser descubierta. Es una empresa racional, sin duda, con una base abrumadora de conocimiento inferencial, pero cargada de intuiciones sensibles e intelectuales y de la alquimia que surge de la imaginación creativa.

Ya en este punto me aventuro a concluir que La artesanía de la escritura filosófica es un libro escrito desde el placer y el goce, con las implicaciones que Roland Barthes le atribuye a estas y a otras palabras: “(Placer/goce: en realidad, tropiezo, me confundo; terminológicamente esto vacila todavía. De todas maneras habrá siempre un margen de indecisión, la distinción no podrá ser fuente de seguras clasificaciones, el paradigma se deslizará, el sentido será precario, revocable, reversible, el discurso será incompleto”. En cierto sentido, la cita de Barthes podría representar el curso reflexivo de la escritura filosófica de Dennis Alicea. La figura que finalmente dibuja el tejido textual de esta obra no es una lineal ni armónica ni sistemática, sino más bien sinuosa, compleja y reversible, lo que, a mi juicio, es una marca inconfundible de autenticidad intelectual, si por autenticidad entendemos el enfrentamiento honesto a un problema nunca resuelto del todo.  Alicea parte de las certezas del pragmatismo y del acto mismo de filosofar, pero la trama de su discurso se complica al acercarse a las indeterminaciones de la escritura literaria y, al reivindicar, a través de Barthes, la lógica de las asociaciones y el derecho del autor y del lector al ejercicio de la imaginación creativa que se agota en la superficie de los signos. ¿A dónde se dirige ahora la escritura de Dennis Alicea? ¿Qué formas adoptará en lo sucesivo? Estoy de seguro de que un próximo libro contestará estas y otras fascinantes preguntas.

                                                                      José Luis Vega

                                                                       30 de octubre de 2014

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu