Presentación del libro Artesanía de la Escritura Filosófica en México I

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Por: Jorge Ramírez Plascencia,
Centro universitario de Ciencias Sociales y Humanidades – Universidad de Guadalajara

 

Hace unos días, el rector del centro universitario de ciencias sociales y humanidades me dio la encomienda de presentar este libro. Debo confesarles que me negué rotundamente.

Fue suficiente observar su índice para darme cuenta que aquí debería estar sentado un filósofo profesional o un buen conocedor de la literatura. Demasiado para quien, como yo, solo se considera un filósofo dominguero, como llamaba Alejandro Rossi a quien solo ejerce esta vocación los días feriados. Demasiado para quien, como yo, no tiene vocación literaria –esa servidumbre libremente elegida, como la llamó Vargas Llosa—y solo se acerca a la literatura por razones hedonistas. Pero el rector, que como todo rector no acepta un no tan fácilmente, insistió pese a mi negativa. Hoy quiero agradecerle a él su obstinación y compartir con ustedes el gusto de haber cedido finalmente a presentar este libro porque, simple y sencillamente, es un texto que vale la pena leerse.

Artesanía de la escritura filosófica es un libro engañoso. Primero, porque publicado por una editorial poco conocida en nuestro medio, podría suscitar la falsa idea de que es un libro marginal; segundo, porque su corta extensión sugeriría que no hay ahí un tratamiento serio y profundo de las materias tratadas; y tercero, porque el título, demasiado sobrio y que evoca a los encabezados de manuales, no permite imaginar la fuerza y vivacidad de los ensayos que lo componen. Las tres impresiones son totalmente erróneas. Al contrario, se trata de un texto espléndido formado por varios ensayos luminosos, escritos con una gran agudeza y penetración. Cada uno de ellos hace honor a la famosa definición de ensayo que nos legó Ortega y Gasset, para quien un ensayo es “la ciencia, menos la prueba explícita”.

Todo presentador de un libro, se dirán a sí mismos, es un ser hiperbólico, un artista en el arte de exagerar, por lo que sus palabras deben tomarse siempre con cautela. Trataré de demostrarles que se equivocan, al menos en esta ocasión.

Podría ser suficiente decirles que su autor es un filósofo profesional, doctorado en esta materia en la Universidad de Brown y profesor de esta asignatura en la Universidad del Turabo, de la que también es Rector. O bien que es, desde 2013, académico de número de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española. Pero esto no bastaría, desde luego, para apreciar este libro. Así que entremos en materia.

Artesanía de la escritura filosófica está compuesto por ocho ensayos divididos en dos partes. La primera ofrece una reflexión sobre el lenguaje de la filosofía, la relación de este lenguaje con el mundo, y sus diferencias y semejanzas con otro modo de expresión, la literatura, con el que a veces se vuelve indistinguible. La segunda parte contiene exploraciones brillantes sobre personalidades filosófico-literarias, como no podríamos llamar de otro modo a escritores como Sabato, Sontag, Sartre, Barthes y Naipaul.

Esta enumeración podría dar la impresión equivocada de que se trata de ensayos sueltos, reunidos por capricho o por azar. Pero no es así. En realidad se trata de una meditación persistente sobre las propiedades del lenguaje filosófico y literario, sobre su capacidad para producir mundos ficticios, para vehiculizar un compromiso ético y, de no menor valor, para suscitar goce estético en los lectores.

Alicea sabe muy bien que después de las grandes transformaciones que experimentó la filosofía en el siglo pasado, que significaron el abandono de la metáfora del espejo de la naturaleza, por decirlo en palabras de Rorty, el estatus de la filosofía se ha vuelto ambiguo. Ahora pocos creen que la filosofía tenga como meta encontrar los fundamentos de todo saber genuino, menos confían en que sea un tipo de conocimiento superior al de las ciencias particulares. Aunque es fácil decir lo que se ha abandonado, es más complicado definir el nuevo emplazamiento que ocuparía la filosofía en la cultura contemporánea, en particular frente a la ciencia y la literatura.

Los diversos ensayos que componen el libro son una exploración sobre esta interrogante surgida a raíz de la crisis de la filosofía moderna. Si la filosofía no puede convertirse en un programa científico sui generis, como sugieren la epistemología naturalizada y la filosofía experimental, pues implica “despojarla, de su valor intelectual y cultural más preciado”, como bien apunta nuestro autor, pero tampoco cabe reducirla a una forma más de expresión literaria, ¿de dónde obtiene ahora su identidad?, ¿qué debe significar la filosofía en el siglo XXI?

Como buen conocedor de la filosofía analítica, con la que creo que simpatiza, Alicea no pretende ofrecer una respuesta definitiva, sino antes bien esbozar líneas posibles de solución. Está convencido que, frente a la ciencia, la filosofía tiene asegurado un ámbito de autonomía y significación propios. Lo tiene en la medida en que la filosofía, de modo semejante a la religión, llena, en sus palabras, “un inmenso vacío emocional y racional”. Este argumento es convincente, pero tiene el defecto de constituir una defensa pragmática de la filosofía, cuya existencia se justificaría porque sirve para algo. En mi opinión, la razón más poderosa para imaginar un lugar propio y permanente para la filosofía es la que el mismo Alicea ofrece líneas abajo de ese capítulo, cuando afirma que: “La filosofía posee la paradójica propiedad de que, cuando intentamos negarla, la afirmamos. No puede ser pensada, aniquilada ni fortalecida, sino desde su propio lenguaje”. Esta idea es muy sutil y sugerente. Significa que siempre estamos en medio de la filosofía, aun cuando pretendamos no estarlo. Implica ver a la filosofía como una especie de horizonte que siempre va por delante de nosotros y que solo ensanchamos cuanto más avanzamos.

La frontera entre la filosofía y la literatura es más difícil de visualizar. Un ensayo del libro está dedicado por completo a reflexionar sobre estos límites, ¿son tan precisos, rígidos e infranqueables como lo pretendieron algunos filósofos?, ¿debemos asumir que se trata de discursos cerrados y amurallados entre sí? Realmente no, es la respuesta de nuestro autor, que muestra de manera fehaciente cómo aun una obra “deductiva y apodíctica” como las Meditaciones metafísicas de Descartes, es, en sus palabras, una “joya de la imaginación”. La literatura está interpenetrada de filosofía, y viceversa, algo que se aprecia de forma muy vívida en las obras de Proust, Borges y Musil, a quien nuestro autor cita como ejemplos destacados de obras que combinan, en su opinión, “la universalidad del concepto con la sutileza de la imagen particular que ilumina lo concreto”.

Uno de los ensayos que contiene el libro, “La lógica de aforismo”, es también un escrito de gran valor. Es difícil hallar uno semejante  en nuestra lengua que aporte tanta claridad sobre esta elusiva forma de expresión del pensamiento. Los lingüistas se han interesado por estudiar el aforismo, pero lo suelen subsumir en una categoría amplia y amorfa que llaman paremias. Ahí agrupados, no se alcanzan a reconocer ni a entender sus propiedades particulares. Por eso bien vale la pena leer este ensayo porque ahí, desde sus primeras líneas, Alicea nos coloca en el centro del asunto al decir, cito:

La forma del aforismo seduce, tanto por su sonoridad como por su silencio. Abraza y atrapa en sus palabras lapidarias, mas deja fluir libremente la interpretación. Presenta cierto aire de finalidad que, no obstante, se sabe inconcluso. Posee la misma magia de la imagen pictórica, que se revela como una sola y regia captación de lo significativo.

Los aforismos abundan en la escritura filosófica y ensayístico-literaria. Son muy conocidos los aforismos de Nietzsche, a quien quizás debamos más que a ningún otro pensador la popularidad del género. Pero también hay aforismos en  la obra de sociólogos, psicólogos, pedagogos, etc. (¿quién, por ejemplo, no conoce el famoso de Lacan, inspirado en Kojeve, “El deseo es el deseo del Otro”?). Si bien abundan los aforismos, son pocos los escritos que tratan de descifrar su forma y significación. El trabajo de Alicea es una excepción en este sentido.

No cabe a un filósofo  tomar partido por el objeto que analiza. En su ensayo sobre el aforismo, nuestro autor ni lo celebra ni lo condena. Pero a mí me hubiera gustado que en alguna parte discutiera si el aforismo, precisamente por su forma “contundente y aurática”, como bellamente la describe, no entra en pugna y socava el modo de expresión basado en argumentos razonados y lógicamente estructurados. Pues a menudo los aforismos, si bien potencian el pensamiento de modo insospechado, también lo clausuran. Quizás porque si analizamos lo que sugieren disolvemos su contenido, los aforismos, como la poesía, solo suelen dar una alternativa: memorizarlos. De ahí que sea más común que citemos a Nietzsche, Wittgenstein o Gracián, grandes creadores de aforismos, que pensemos con ellos.

Habrán notado que no simpatizo con los aforismos. Perdón.

Los ensayos sobre Sabato, Sontag, Barthes, Sartre y Naipaul prosiguen la reflexión de Alicea sobre el lenguaje creativo a través de autores que son, como él mismo lo dice, “regios modelos de escritores que han sabido conjugar la filosofía, la literatura y, en algunos casos, la ciencia para enriquecer sus lenguajes”.

No es sencillo escribir sobre literatos-filósofos tan célebres y estudiados. Cualquiera que escriba sobre ellos corre el riesgo de repetirse y señalar lo que ya son lugares comunes sobre su figura y su obra. No sucede así en los ensayos que les dedica Alicea a cada uno de ellos. Su mérito radica en que revela con una prosa afilada el núcleo de sus afanes estéticos, intelectuales y aun éticos. En apenas unas páginas, pone en evidencia la orientación vital de su pensamiento, el sentido articulador de sus ideas fundamentales y su postura distintiva en el mundo intelectual al que pertenecieron. Se requiere un amplio conocimiento de estos autores y un gran dominio del lenguaje para lograr este propósito con tanta economía y fortuna.

Sería pretencioso de mi parte presentar aquí el contenido de cada uno de estos ensayos. De gran mérito me parece el  dedicado a Sabato, escritor argentino que por el capricho de las modas no ha encontrado lectores en las nuevas generaciones, no al menos al grado en que los tienen otros grandes de la literatura latinoamericana. Una verdadera lástima. Algo similar se puede decir de Naipaul, otra de las figuras exploradas por nuestro autor, cuyas obras esperan ser descubiertas por nuevos lectores, más allá del  interés momentáneo que despertó cuando recibió el premio nobel. Quien lea los sendos textos que escribió Alicea descubrirá motivos poderosos para iniciarse en su lectura o para reemprenderla.

Un pensador de mis simpatías es Roland Barthes. Por eso he leído con mucho interés el ensayo que le dedica. Se trata de una exploración inteligente de su figura de semiólogo, a veces opacada por la curiosidad que periódicamente despierta su vida personal. Los retratos de él que han escrito Calvet y Marty y aun el pequeño ensayo de homenaje que escribió Derrida, nos presentan a un Barthes más cercano y material, algo sin duda irónico para quien quiso desaparecer en la escritura y para quien proclamó la muerte del autor. Su modo nervioso de fumar, su hábito de tomar notitas de una idea que consideraba brillante en el momento que surgía, su vida discreta y concentrada, su modo equivocado de morirse, aunque entrañables, no aparecen por fortuna en el ensayo de Alicea. La imagen que él propone es la de una Barthes explorador de superficies, una manera sabia y elegante de nombrar su proyecto semiológico.

Dicen que la más grande virtud de quien presenta un libro es la brevedad. Lo sé y por eso solo quiero decir una última cosa antes de concluir.

Me preguntaba cuando leía el libro por qué lleva un título sobre la escritura filosófica si ninguno de sus ensayos trata directamente el tema, salvo su breve introducción. Pero luego entendí que en realidad todo el libro trata de la escritura, pero de un modo implícito. Alicea no diserta sobre el arte de escribir del filósofo, sino que lo muestra con su escritura. Nos dice en alguna parte de su libro que no hay una brecha entre el pensamiento y el lenguaje, como si este fuera una cosa que envuelva al primero y fuese posible pensar bien y expresarse mal. Pero lo mismo puede decirse de la escritura, algo sobre lo que ya nos puso sobre aviso Derrida hace muchos años. Por eso, bien vale destacar la prosa pulida y exacta con la que escribe Alicea, que es tanto como decir la forma precisa y exacta con la que piensa.

Su escritura es admirable y placentera, dos cualidades que siempre apreciamos y agradecemos en los grandes escritores.

 

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu