Ese idiota llamado Sócrates: teoría política, crítica, democracia

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El buen libro es el que nos pone siempre en una conversación crítica y fundamental con rasgos de la condición humana:  es decir, con ese marco social e histórico, en cuyos límites objetivos  -a veces mutables y a veces dados-  se desenvuelve la vida y experiencia humana.  Se escriben libros sobre los asuntos más diversos, pero libros bien concebidos serán solo aquellos que provoquen en el lector la paradoja del deleite y la insatisfacción.  Si nos atrapa la lectura, un inmenso placer sentiremos, ya sea por lo que dice y cómo lo dice, o por la reflexión que estimula; pero,  a la vez, sentiremos que concluyó y podría continuar, un cierto deseo inconcluso, y ahí estará precisamente lo que el lector añade con sus cavilaciones provocadas por el hechizo de ese objeto insustituible que llamamos el libro.

Comienzo con esta breve y algo enigmática reflexión porque el libro de Manuel Almeida, Ese idiota llamado Sócrates: teoría política, crítica, democracia, despertó en mi la paradoja aludida, la umbrosa mezcla de placer y ausencia que el buen libro debe estimular.  El título juguetón del libro ya nos atrapa en cierto modo al idiotizar a Sócrates, ícono de la sabiduría en la Grecia clásica, para luego aclarar que se trata de un idiota muy particular, es decir, un idiota en su etimología de hombre privado en oposición al político u hombre público.  Su condición de idiota u hombre privado fue levantada infructuosamente como defensa por el propio Sócrates ante las acusaciones de carácter religioso y moral, aunque reconocidas sotto  voce como acusaciones políticas.  De modo que Almeida juega con ambos sentidos, posiblemente para destacar los claroscuros de la compleja figura de Sócrates y sus entrecruces políticos.  Sin duda, Sócrates sería hoy reconocido por la jurisprudencia como una figura pública o, para usar la nomenclatura de moda, un intelectual público.

El libro de Almeida consta de tres cortos e interesantes ensayos.  En el primero de estos, acentúa la actualidad de la teoría política refractada a través de la antigüedad griega.  El examen de la democracia directa ateniense  y las formas democráticas modernas y representativas son el eje de este primer ensayo–introducción.  Las distinciones que realiza Almeida, todas cruciales para entender nuestra atribulada vida política, revelan la complejidad de la democracia como régimen político y como práctica de la organización social.  Un artículo reciente de la revista The Economist , titulado “What’s wrong with Democracy”, apuntó algo que Almeida rescata certeramente.  La voluntad de la mayoría, el principio de participación y de igualdad política, la división de poderes, la salvaguarda de las libertades civiles y otros tantos valores de las democracias liberales pueden ser convertidos en burdas hojas de parra, perfectamente escamoteables por el “establishment” político.  Pero no solo las democracias liberales se pervierten; también las democracias socialistas sucumben con artificiosas destrezas retóricas para mantener en el poder siempre a los mismos, o adoptando el “centralismo democrático” leninista que permite silenciar las diferencias sin ningún recato.  Libertades civiles y poder del Estado parecen estar siempre en tensión en las formas democráticas de gobierno porque esconden una tensión más profunda y radical que es la desigualdad en la distribución de la riqueza y de los ingresos y el poder político que junto a los grupos de interés la resguarda.  El principio democrático de la igualdad política, que Almeida analiza, amenaza sin contemplación la desigualdad inherente al estado de cosas.

Sócrates era conservador, antidemocrático y elitista.  Platón lo “platoniza” y lo defiende a brazo partido, como muestra Almeida en su segundo ensayo que lleva el nombre del libro.  En la famosa Apología de Sócrates, Platón parece idealizar a su maestro, mostrándolo con virtudes éticas e intelectuales inmaculadas.  El ensayo dedicado al juicio y condena de Sócrates ilustra, pues, los conflictos interpretativos sobre el proceso judicial contra Sócrates y sobre la mitología de su figura.  La desmitificación de Sócrates, evidenciado por varios autores, es un acierto del ensayo de Almeida que demuestra, de este modo, cuán difícil resulta calibrar una figura histórica que ha sido investida por la patina de la gloria.

El tercer ensayo, “Sócrates: sabiduría y filosofía”, explora la naturaleza de la sabiduría y su conección con la vida práctica y virtuosa.  La filosofía socrática es una dialéctica negativa para recordar a Adorno.  Se construye en el diálogo crítico, demoledor,  resquebrajando certezas y cuestionando creencias.  La verdad moral (la virtud o areté) es el auténtico fin.  La búsqueda incesante del conocimiento (episteme) se reconoce como proceso, como idea inalcanzable que abre las puertas a la vida buena.  El intelectualismo socrático suponía que el conocimiento de lo correcto permitía hacer lo correcto, un non sequitor que, como sabemos, tiene múltiples contraejemplos.  Sin embargo, ese intelectualismo dialógico fue el inicio de la actividad crítica y apasionante que llamamos filosofía.

El libro de Manuel Almeida es sucinto, claro e interesante.  Provoca la paradoja del deleite y la insatisfacción.  Por un lado, el placer de leerlo, y por otro, el deseo de prolongar la reflexión, esa acequia inconclusa y lógica que todo buen libro exige. Muchas gracias.

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu