Diálogo con el Dr. Dennis Alicea, autor del libro Artesanía de la escritura filosófica

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Por: Dra. Lorna Polo-Alvarado y Dra. Beatriz Cruz-Sotomayor
Decanato de Educación General de la Universidad del Turabo
 

El libro Artesanía de la escritura filosófica, bajo el sello de la editorial Callejón, de San Juan (2014), es una colección de ensayos filosóficos organizados en dos partes. La primera consta de tres ensayos en los que el autor reflexiona sobre el (o los lenguajes) y problematiza las relaciones, porosas por demás, entre el arte, la literatura, la ciencia y la filosofía. Luego, en la segunda, aborda con detenimiento los “tejidos textuales” —metáfora que en el libro aparece una y otra vez— de Ernesto Sabato, Roland Barthes, Susan Sontag, V.S. Naipaul y Jean Paul Sartre. Todos y cada uno de los ensayos aquí publicados, se hilvanan en una prosa lúcida y aguda, que pone de manifiesto, precisamente, la posibilidad de la convivencia entre la belleza y la rigurosidad del lenguaje filosófico.

P: El título de su libro llama la atención, particularmente la palabra artesanía. ¿Cuál es la acepción que usted le da al término artesanía en el libro?

R:  Pienso que la escritura filosófica –y, posiblemente, muchas otras– es una actividad artesanal, donde se hilvanan ideas y argumentos, se procura el rigor lógico, la consistencia semántica y la coherencia interna.  Ese acto de tejer es una labor de detalles y matices, quitando aquí y allá, interrogando al texto y releyendo vocablos que aseguren la expresión exacta.  Como toda labor artesanal, el tejido filosófico se realiza en un gran aislamiento, donde trasciende, sin embargo, la naturaleza social e histórica del artesano.

P: Desde las primeras páginas advertimos la insistencia en la noción de la lectura y la escritura como “deleite”, “placer”, e incluso “goce” desde el prisma de Roland Barthes, o “sensual” y “erótico”, desde Susan Sontag, por ejemplo. ¿Cómo dialoga este aspecto de la escritura con la racionalidad crítica, también crucial, como usted mismo afirma, en el lenguaje filosófico.

R:  El pensamiento y las palabras tienen su propia estética.  La poética del pensamiento emana tanto de la sensorialidad como de la abstracción de las palabras.  La plasticidad del lenguaje, que permite juntar fragmentos de ideas e intuiciones epistémicas para dar cuenta de un referente complejo, estimula la imaginación lúdica y el deleite de lo inconcluso.

P: En su ensayo “¿Cuándo es filosofía, cuándo es literatura y cómo lo sabemos?” nos recuerda la milenaria relación que hay entre literatura y filosofía. Señala que la actividad filosófica, ampliamente concebida, parece ser ese punto de encuentro entre las ciencias, las artes y la literatura (p. 71). ¿Podría abundar sobre esta idea?

R:  La reflexión filosófica se gesta en una compleja tensión dialéctica con varios ejes de la cultura contemporánea:  la ciencia, el arte y la literatura.  El oficio de la filosofía parece construirse a medio camino entre la ciencia y el arte (literatura y demás artes).  Oscila entre la experiencia y la metafísica, entre la reflexión y la creación, entre el conocimiento como imaginación reproductiva y como imaginación creativa.  Reducir la filosofía a la ciencia, a la Quine, pienso que es empobrecerla.  Lo que se gana en precisión se pierde en genialidad y amplitud de perspectiva.  Mas identificarla exclusivamente con la creatividad e intuición artística, implicaría renunciar al conocimiento humano más validado (aunque sea falible) de la cultura moderna.  La ciencia es piedra de toque empírica de cualquier concepción de la realidad que busca entender, como decía Wilfred Sellars, “cómo las cosas en el sentido más amplio del término se enlazan” (“hang together”).

P: Gran parte de su libro se lo dedica al análisis de la obra de escritores, sobre todo Ernesto Sabato, Susan Sontag, V.S. Naipaul, Sartre, (también Octavio Paz, Borges, etc.) así como a los género literarios de la narrativa y al ensayo. ¿Cómo usted logra la amplitud y profundidad del análisis literario desde su formación como filósofo?

R:  Los he admirado siempre porque son regios modelos de cómo se conjuga la literatura y el arte con la reflexión filosófica.  Los escritores que examino en el libro han sido parte de mí y de mis lecturas recurrentes.  Si vamos a hacer filosofía en serio, es preciso borrar las fronteras disciplinarias y cultivar el arte del otro.

P: En el ensayo “La lógica del aforismo”argumentade manera extraordinaria sobre el valor de estas sentencias “cargadas de razón y emoción”. ¿Podríamencionar un aforismo cuyo mensaje le parezca revelador o particularmente meritorio, y comentarlo?

R:  Los aforismos son enunciados lacónicos que seducen.  Soy fanático de esas frases poderosas y fragmentarias que cautivan por su significado y sonoridad. Tienen aura, como hubiera dicho Benjamín.  Pienso, por ejemplo, en Lezama, “Hay efectos que iluminan causas”; en Camus, “Siempre hay una filosofía para la falta de valor”; o en Wittgenstein, “Pronunciar una palabra es como tocar una tecla en el piano de la imaginación”. ¡Hermosa!  Esta frase, en particular, retrata al Wittgenstein de las Investigaciones Filosóficas de cuerpo entero.  Los “juegos de lenguaje” de Wittgenstein, así como la tesis de la conección íntima entre el lenguaje, el pensamiento y la imaginación están refractadas en esta sentencia.

P: En la segunda parte de su libro comienza afirmando que: “La filosofía moderna latinoamericana se escribe irremediablemente en clave literaria” (p. 91). ¿por qué piensa que esto ocurre?

R:  El canon filosófico privilegia la sistematicidad y la prosa adusta que maneja ideas, conceptos y argumentos.  Las tradiciones pesan con severidad y enuncian:  esto es filosofía y esto es literatura.  Romper con el paradigma es siempre un reto magnífico.  Lo cierto es que las interrogantes más apremiantes sobre la experiencia humana, los valores éticos y estéticos, el conocimiento, la metafísica y la razón, y tantos otras ideas apasionantes, han sido abordadas a través de los universales concretos de la narrativa y el ensayo latinoamericano.  Grandes figuras como Borges, Paz, Sabato y Vargas Llosa, entre varios otros han sabido conjugar ese modo alterno de hacer filosofía elegante e interesante a través de la literatura.  Su rico quehacer poblado de imaginativas ideas y certeras intuiciones es preciso denominarlo, con toda propiedad, filosofía moderna latinoamericana.

P: Precisamente Ernesto Sabato, a quien usted dedica un ensayo, en su libro El escritor y sus fantasmas (1961)señala que “La literatura es quizás la forma más completa y profunda de examinar la condición humana”. Pregunto: ¿Coincide usted con este planteamiento de Sabato?

R:  La idea de Sabato sobre “la condición humana” es de prosapia existencialista, aunque asimilada críticamente.  Se refiere a ese conjunto de límites objetivos –unos mutables y otros dados– en que se desenvuelve la vida y la experiencia.  Las formas literarias poseen, sin duda, la plasticidad y la libertad para abordar con amplitud y profundidad las condiciones inescrutables de lo humano.  La ciencia siempre irá a la retaguardia naturalmente.  Tiene que ser más conservadora y validar sus aseveraciones, mientras que la literatura, más arrojada y libre, puede examinar la condición humana con ancha imaginación.

P: En el ensayo sobre Sabato usted aborda el tema de la filosofía de resistencia, y reitera incluso en otros ensayos del libro el valor político, social y cultural de la filosofía. ¿Cómo posicionaría usted este libro (e incluso a usted mismo como “artesano-filósofo”) dentro de este contexto?

R:  En Los rostros de la crítica señalo que, parafraseando a Breton, el porvenir del oficio de la filosofía será público o no será.  En sus formas más ilustradas, la actividad filosófica debe iluminar con sensatez la actualidad social, política y cultural.  La resistencia que no acepta las cosas tal cual son, ni se pliega a la máxima de que “hay esperanza pero no para nosotros”, tiene que afirmarse en los más diversos escenarios: políticos, culturales, comunitarios…  Es un modo de tomar la palabra e intervenir en el proyecto ético de constituir, como afirmó Sabato, “una comunidad de seres libres y solidarios”.

P: Otra de las constantes de su libro es el existencialismo. Sartre, en su ensayo El existencialismo es un humanismo (1945), señala que el existencialismo no es un pesimismo sino una “dureza optimista”. ¿Qué opina sobre este planteamiento de Sartre?

R:  La “dureza optimista” del existencialismo sartreano es la que parte, por un lado, de la facticidad o datos “incambiables”, ontológicos, que enmarcan la vida del existente, y, por otro lado, del proyecto libre.  Pienso que el optimismo humano tiene que enmarcarse en “lo que soy hoy” desde el sitio que ocupo, aunque pueda transformarse de cara al futuro.  Soy un ser histórico y, por ende, cambiable, sí, pero hay unas condiciones igualmente históricas y objetivas que no puedo trascender sin incurrir en el ilusionismo.  Así, todo optimismo deberá ser una modalidad del realismo crítico.

P: ¿En que está trabajando, qué nos promete para un próximo libro?

R:  Trabajo en dos proyecto paralelos y no sé cuál salga primero.  El primero es sobre la educación como proyecto ético:  los fines, valores y formación del ser educado.  El segundo estaría relacionado con los dos libros ya publicados.  Sería sobre la utopía y el absurdo, un tema que conmueve a toda mi generación porque en ambos lados de la polaridad una gran complejidad deberá ser recuperada.

 Carátula
 
 
Esta entrevista fue publicada en la revista Carátula. Para acceder el artículo, oprima aquí

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