Entre la fe y la certeza

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Por: Dennis Alicea, rector Universidad del Turabo

Portada del libro

Portada del libro

Cuando el legendario pensador pragmático, William James, nombró a la creencia como una “hipótesis viva”, ya que apelaba a una posibilidad real para la persona creyente, otorgó el derecho a creer.  La voluntad de creer – “The Will to Believe” se tituló el famoso ensayo de James– es el derecho de creer entre opciones vivas, decía, porque dan significado a la vida humana al pensarse ciertas y, además, definen irremediablemente la vida práctica.  Todos somos creyentes sin remedio.  Podemos creer en la ciencia o en la seudociencia, en el mito o en la verdad, en la inmanencia o en la trascendencia, pero todas ellas, si son creencias, son ciertas para el sujeto que las asume y estamos forzados a creer por disyunción lógica.  Es decir, no creer en algo será, pues, siempre creer en otra cosa.  Parafraseando a Sartre, estamos condenados a las creencias.

Comienzo con esta insoslayable reflexión pragmática y existencial porque el inmenso valor que aprecio en el hermoso libro, Repensando la experiencia mística desde las ínsulas extraña, no depende de la creencia que tengamos sobre la experiencia mística y el fenómeno religioso, ni mucho menos si hemos participado de alguna vivencia trascendental que con fruición nos apegue al texto.  La experiencia mística, aprendí no sin triste desilusión con la lectura, es personal e intransferible, como las invitaciones a lugares exclusivos y, además, es inefable y misteriosa.  ¿Cómo armar un texto, me preguntaba, con un tema tan huidizo e inascible?  ¿Cómo leerlo, precisamente yo, formado en una tradición filosófica ajena a buena parte de la metafísica de la espiritualidad mística?  Los bellos relatos y escrupulosos análisis de los investigadores reunidos en la colección de esta ínsula extraña, me respondieron, para mi deleite, con un lenguaje penetrante y de sutilezas insospechadas.

Repensando la experiencia mística es prologado y editado por la Dra. Luce López Baralt, quien convocó, como autoridad indiscutible en el fenómeno espiritual místico, a investigadores de diversas latitudes a entablar un diálogo y a recuperar la tan necesaria conversación sobre la experiencia religiosa y, en particular, la experiencia mística.  Auxiliada por la Dra. Beatriz Cruz Sotomayor, a quien admiro, cada vez más, por su impecable profesionalismo y generosidad intelectual, ambas ensamblan este estudio colectivo en una publicación que es bella por dentro y por fuera.  Salta a la vista la majestuosidad de su tipografía y el arte gráfico elegante, mas para apreciar la belleza interior del texto será preciso indagar en la textura y profundidad de sus trabajos.

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         La experiencia mística, coinciden los autores, es una misteriosa unión con la divinidad en un momento de comunión trascendental.  Es una experiencia subjetiva, personalísima, que da cuenta de un conocimiento directo de la presencia de Dios.  Radicalmente vivencial, en ella se intuye, se siente y se padece la presencia ontológica del ser infinito.  La unión mística parece tener una doble dimensión, afectiva e intelectual, una enigmática integración o identidad con lo sagrado.  Allí “donde el filósofo argumenta y el artista intuye”, cita López Baralt a Evelyn Underhill, “el místico experimenta”.  No es extraño, por tanto, la imposibilidad alegada para comunicarla, según dan testimonio los que la han experimentado.  Un lenguaje perifrástico será inevitable, donde la metáfora y la estética de las palabras se unan para describir la fenomenología de lo innombrable.  En su prólogo, López Baralt comienza con una hermosa metáfora donde los descubridores de las Indias, sorprendidos ante la incomparable belleza de aquellas exóticas islas caribeñas, las designan “ínsulas extrañas”, similar, dice la autora, a san Juan de la Cruz, quien rescata la idea de experiencia como asombro para capturar su mística experiencia.  El asombro afásico y la experiencia mística caminarán juntas a lo largo de todo el texto.

El primer ensayo de Juan Martín Velasco, “El fenómeno místico, clave para la comprensión del hecho religioso y del ser humano”, es la apertura del libro con toda propiedad porque trata lo místico y lo religioso en un sentido filosófico amplio.  Reconociendo la crisis de muchas de las instituciones religiosas, el autor sostiene la importancia de lo místico para la religión y la cultura espiritual.  “El cristiano de mañana será místico o no será cristiano”, citando a Karl Rahner, sin advertir que éste parafraseaba la famosa consigna surrealista de Breton:  “La belleza será convulsiva o no será”.  Pena que no lo recordara porque hay una extraña conexión entre ambas frases, digna de una reflexión cruzada.

Como muchos de los otros ensayistas, Velasco destaca las figuras cimeras de santa Teresa y san Juan de la Cruz, cuyos escritos han permitido capturar esa unidad regia de lo estético y lo místico, de lo místico y lo ético, y el humanismo imprescindible para el progreso de la condición humana.  El autor realiza un análisis escrupulosamente balanceado y crítico del rol de la religiosidad en el mundo moderno y posmoderno, recabando, contra la “huida” contemplativa de la tradición neoplatónica, la intervención práctica que “devuelva su fuerza humanizadora”.

En el ensayo “Cerrar los ojos para ver mejor”, Angel Darío Carrero trata igualmente de recuperar el compromiso práctico frente a un entorno, y cito, “desacralizado”, en una modernidad que “eclipsa a Dios”, recordando a Martin Buber, y una institucionalidad religiosa acorralada.  La unidad de la mística y la crítica a favor de la justicia social y en contra del sufrimiento absurdo a que están sometidos millones de seres, lleva a Darío Carrero a enarbolar el amor, como gran centro liberador que deja huellas en la interioridad y deja huellas en la historia.  Es el mismo amor alquimista que encuentra López Baralt en la poesía de san Juan de la Cruz  y que expresa la unión de lo humano y lo divino, lo sensible y lo espiritual.  Un amor que no es, por cierto, un amor patológico, como bien señala en otros de los trabajos  Ana María Rizzuto en unas reflexiones sicoanalíticas sobre el amor místico.

El ensayo de la “alquimia del amor” de López Baralt es una verdadera joya de prosa poética con gran lirismo y cadencia, y bella energía desbordante.  Establece unos enlaces que llama confluencias, no influencias por cierto,  entre la espiritualidad tántrica de la India, como “fuego interior” que tiene dos lados, el derecho y el izquierdo, y que san Juan exhibe, el lado derecho en particular, en su ascetismo monástico expresado en sus tratados teológicos, y el segundo lado (el izquierdo) en su poesía táctil, que alcanza el Ser más alto a través de la sensualidad fenoménica, sin dejarse atrapar en ella. Muy hermosa la analogía que, además, expresa los vasos comunicantes entre dos tradiciones culturales místicas que se tocan sin tocarse y que dialogan sin hablarse.

La conexión entre mística y lenguaje, y entre poesía y mística, es una constante en el grupo de ensayos que reúne el libro.  Si la experiencia mística es inherentemente inefable y privilegiada, así lo estipulan los que han participado de ella, entonces parecería ser una experiencia reproducible solo por un lenguaje privado, como el que Wittgenstein creía imposible, que, paradójicamente, trata de apropiarse de los símbolos, las imágenes y el lenguaje metaforizado del arte para comunicar lo incomunicable.  Es decir, se apropia de las herramientas lingüísticas y culturales disponibles para transmitir su acendrada espiritualidad.  Por ejemplo, el ensayo de mística y poesía de Emilio Báez narra la experiencia de santa Rosa de Lima.  Con gran erudición y precisión historiográfica, Báez relata esas “heridas del alma” que, a través de hológrafos que reunían imágenes y palabras,  Rosa de Lima plasmaba como mensajes dictados durante 15 años consecutivos de momentos extraordinarios.  Mística, poesía e imágenes unen los ensayos del libro con cierta necesidad.

“Decir que Dios está en el cielo, se trata de una forma de hablar”, dice Miguel Norbert Ubarri al comienzo de su ensayo sobre san Juan de la Cruz y Jan Van Ruusbroec, y así destaca el misterio de Dios y cuán inaprensible es para el lenguaje humano.  Solo a través de la imagen poética se tiene un atisbo de esa “luz sobrenatural” que Juan de la Cruz y Ruusbroec evocan como “sol divino, ardiente y claro, que adorna el reino del alma”. ¡Una descripción poética de Ruusbroec muy hermosa y cautivante de la imagen de Dios!

La unidad de lo espiritual y lo artístico reaparece en el ensayo de la Dra. María Mercedes Carrión, “Amor a Dios, por amor al arte.  Arquitectura e iconografía en la narrativa de Teresa de Jesús”.  Las imágenes arquitectónicas y plásticas representan en santa Teresa, sostiene la autora, el amor a Dios por medio del arte.  Relata cómo, huyendo a la censura de la Contrareforma y la Inquisición, santa Teresa de Jesús crea un arte espacial e iconográfico, donde se representa la presencia de lo divino y donde se combinan tradiciones judías y musulmanas.  La idea del jardín como El Paraíso, el alma como jardín, palacios, torres, conventos y letras son unidas por la memoria y la imaginación de Teresa de Jesús para comunicar su amor a Dios.

La identidad de palabra poética y experiencia mística tiene su opus en la traducción levitante que hace la extraordinaria poeta española Clara Janés del fragmento introductorio de Farid ud-Din ‘Attar. Los versos de ‘Attar, “Lenguaje de los pájaros”, son deslumbrantes: ritmo, color, musicalidad, palabras exactas, hedonismo sensorial y reto intelectual.  Todo se convoca en esos hermosos versos que nos recuerdan que la experiencia mística de aquellos privilegiados tiene una expresión estética que viaja incesante entre culturas y épocas históricas.

La idea del arte como “alquimia”, como mediación que simboliza y estiliza lo sagrado, se retoma nuevamente en el ensayo del Profesor Pablo Beneito de la Universidad de Murcia.  Este explora el arte islámico como arte que devela el sentido de lo revelado.  Me resultó un ensayo muy ilustrativo sobre las creencias del islam, sobre todo la recuperación que hacen los sufíes de la ambivalencia y la ambigüedad como valor positivo.  El “viaje hermenéutico”, como lo llama Beneito, es una metafísica de la ambigüedad y de la riqueza que alberga ese simultáneo ser y no ser.  Por cierto, los que disfrutamos de la literatura, siempre hemos reconocido a la ambigüedad como su más preciado regalo.  También, en la filosofía, el racionalismo hegeliano convirtió a la dialéctica de los contrarios en la ontología de la cosa misma.

El libro contiene un variado grupo de ensayos e investigaciones fascinantes que no me alcanza a tratar en detalle y que trazan conexiones históricas e influencias de las tradiciones místicas, poéticas y filosóficas.  El padre y profesor Eulogio Pacho, por ejemplo, relata la presencia de la mística carmelita desde el siglo XVI al siglo XX.  El maestro iraní, Seyyed Hossein Nasr, presenta un estudio panorámico de la historia de la gnosis teórica (en traducción de López Baralt) o la llamada ciencia suprema de la tradición islámica.  Con grandes dotes didácticos, explica las doctrinas de esa ciencia sacra que se ocupa de lo sagrado y su conocimiento.  La Prof. Gloria Maité Hernández compara “el amor espiritual en separación” en dos textos:  el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz y Rāsa Līlā, un texto de la tradición oral sánscrita.  Recaba la autora la urgencia de un diálogo que examine las resonancias entre textos de diferentes tradiciones teológicas.  El Dr. Luis M. Girón realiza un ensayo filológico con gran rigor escolástico sobre san Juan de la Cruz y sus dos versiones del Salmo 62,2.  Interesantísimo para esclarecer la conexión alma–cuerpo, espiritualidad y sensibilidad corpórea.   Por otro lado, la edición de López Baralt del trabajo del destacado arabista, Jaime Oliver Asín, en el que éste establecía, ya para la década del treinta, la continuidad y endeudamiento de san Juan de la Cruz con Garcilaso de la Vega, evidencia, una vez más, el destacado rol con trascendencia internacional de Luce López Baralt en los estudios místicos.  Los trabajos del Prof. Ferdinand Padrón sobre el lugar de la corporeidad en los sujetos líricos del Cántico de San Juan de la Cruz, así como la poética del espacio en San Juan de la Cruz de la profesora Laura Robledo muestran cómo, en efecto, se ha ido formando una verdadera Escuela de estudios místicos en Puerto Rico, siguiendo la mejor tradición clásica.  Sin duda, Luce López Baralt ha sido la forjadora principal de esta Escuela.

Una de las piezas culminantes del libro es la selección que hace López Baralt de la Antología Mística de Ernesto Cardenal.  Cardenal comienza con la deslumbrante descripción de aquella sobrecogedora experiencia un 2 de junio de 1956, donde el placer y el dolor, la belleza y la agonía se juntaron en un éxtasis místico y cósmico.  Trata de capturar con insuficientes palabras esa aprehensión directa y deleitosa, hija de la contingencia más gratuita: “te escogí para variar” dice en Telescopio en la noche oscura.  La selección que hace López Baralt también recoge algunos lapidarios pasajes, donde la cultura científica y filosófica de Cardenal se unen a su poesía y misticismo, mostrando una conversación aún inconclusa que será necesario continuar con la modernidad racionalista.  Además, Cardenal ha mostrado un incuestionable compromiso práctico, socialmente revolucionario, de intervención en la vida política que evidencia la integración personal de su vida contemplativa y su vida activa.  Todo está entretejido, dice Cardenal siguiendo a la Física, como un holograma donde el fragmento iluminado contiene la figura completa.  Así también piensan los místicos, asevera Cardenal.

El libro Represando la experiencia mística desde las ínsulas extrañas es, sin duda, una apasionante reflexión de destacados intelectuales sobre la naturaleza y las paradojas de la experiencia mística.   Me resultó retante, sorpresivo en varias instancias y, sobre todo, muy conmovedor.  El libro surge en medio de una crisis profunda de la espiritualidad y de un pluralismo religioso incomunicado y distante.  También se da en momentos en que el imperio de la validación empírica adoptada por las ciencias modernas ha implosionado la idea de alma, reduciéndola a química cerebral.  El retorno a la subjetividad y su riqueza irreductible será, créanme, el tema de nuestro tiempo ante el oponente inmenso de lo global-tecnológico y la objetividad instrumental.   Es preciso recordar que la fe religiosa que subyace a toda experiencia mística no es muy distinta a la fe que tienen las ciencias factuales en la certeza empírica.  Una es del más allá y la otra del más acá, pero en ambas se multiplican cada vez más las paradojas que surgen en los límites de sus reflexiones.  La certeza de la fe, para unos, y la fe en la certeza, para otros, se tocan irremediablemente como colindancias reconciliadas en el diálogo ilustrado que, todavía, es posible.

 

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