Sobre la lógica del aforismo

FacebookTwitterGoogle+Share

Por Eduardo Forastieri-Braschi

El hermoso discurso del doctor Alicea sobre la lógica del aforismo me ha devuelto el repaso de la filosofía de Maurice Merleau-Ponty quien, como él, también sugiere que lo que no se dice, lo implícito y lo que permanece en espera inconclusa esconde el silencio inteligente de lo que hay que escuchar.  Por eso acudo a Merleau-Ponty para escuchar y auscultar la inteligencia de ese silencio y la lógica callada a la que nos convocó esta noche el doctor Alicea.  Le cito: “La forma del aforismo seduce, tanto por su sonoridad como por su silencio.  […] Lo que dice el aforismo nos conduce por inferencia a lo que no dice […] [L]a interpretación esbozada de la sentencia aislada no es posible a menos que no se contextualice con otras conocidas sentencias […] que permitan llenar las cavidades y reticencias”. [Cierro la cita.]

La aportación filosófica fundamental de Merleau-Ponty suele conocerse como la perspectiva incompleta de nuestro conocimiento del mundo; del “mundo de la vida” (Lebenswelt, dice la jerga filosófica).   Que el mundo esté incompleto y que la vida misma se nos encubra a manera de acertijo y de aforismo no se debe, según Merleau-Ponty, a una desfiguración subjetiva de las cosas, sino que esa es la propiedad esencial del mundo y de la vida; “es precisamente —escribe—lo que hace que lo percibido posea en sí mismo una riqueza oculta e inagotable”.

El mundo, en efecto, está inacabado, y la tradición filosófica del racionalismo y del idealismo —a la que el mismo Merleau-Ponty quiso aproximarse al final de su vida y de su pensamiento— jamás podrían extenderle a ese mundo la plenitud de significado alguno a partir de la propia perspectiva del que percibe y piensa —es decir: de la propia perspectiva en la que él insistió todo el tiempo en su filosofía.  En lugar del “yo pienso” del racionalismo y del idealismo,  Merleau-Ponty propuso el “yo percibo”  de una fenomenología reducida al “presente vivo” de la conciencia (el llamado lebendige Gegenwart que él compartió con Husserl y con los herederos de esa tradición filosófica).  La propia estrechez de la perspectiva propia de la percepción es todo lo que uno es: incompleto, como el mundo; como Dios mismo, según Merleau-Ponty.

Como si todo lo que uno percibe y piensa compartiera el silencio inteligente de aquello que hay que escuchar de conformidad con la lógica del aforismo que nos expuso magistralmente el doctor Alicea.  Como lo invisible que se apaga en lo visible —según Merleau-Ponty.  Lo visible y lo invisible entrañan las implicaciones de esta misma lógica.  Sobre esta lógica escribió el doctor Alicea  [Le cito]: “[S]e presume la existencia de los intersticios y se deja deliberadamente en el umbral los espacios vacíos para ser completados, estimulando una cierta lógica experimental, abierta e incompleta […] que sirve de base a todos estos fragmentos [y] reconoce que el mundo está poblado de grietas y desgarros […]. Es un pensamiento vivo, inconcluso. […] el único modo de apropiarse de la cosa misma en toda su complejidad, dejando que muestre sus propios silencios”. [Cierro la cita.]

Este fue su comentario sobre el estilo aforístico de Nietzsche y de Adorno.  Asimismo, los ejemplos con que el doctor Alicea ilustró la manera filosófica de Ludwig Wittgenstein confirman  ese mismo estilo y su lógica.  También el mismo estilo de tantos otros, como Pascal, entre los mencionados.  En efecto, hay otros que el doctor Alicea dejo adrede en el tintero como si implicara por ello el silencio elocuente de su omisión; como si su omisión también formara parte de la misma lógica del aforismo implicada en su silencio.  Esta lógica alcanza mucho más.  Es lo que intento señalar con mi repaso de la filosofía de Merleau-Ponty.

Por ejemplo, algunos aforismos, como los de Heráclito de Éfeso —a quien llamaban el Oscuro— siempre mantendrán la tensión  oscilante de luz y sombra alternando en un vilo claroscuro la sintaxis en suspensión de sus enunciados, como demuestra la reciente traducción del colega de nuestra Academia, el doctor Francisco José Ramos.  Esta lógica también cifra en silencios y en su brevedad las implicaciones calladas de lo que no se dice cuando algo se dice.  Las antiguas retóricas consignaban esto como aquello que el decir calla cuando lo expresa indirectamente en ese mismo decir: in dictis non dicta.  También se conocía como el “silogismo incompleto”; el llamado entimema, que es el razonamiento a medias de una inferencia oblicua en la que se suprime alguna premisa al concluirse algo, o bien se omite la conclusión, y solo se expresan sus premisas.   Toda inferencia tiene que salvar distancias entre términos de significados distintos y distintos dominios del lenguaje, ya que todo lenguaje está lleno de agujeros: desde la fonación hasta la interpretación.   Este último componente semántico (la interpretación) se sostiene en lo que suele conocerse como “presuposición”, es decir, el significado incompleto e implicado que, paradójicamente, complementa con su ausencia, lo que se dice actualmente en virtud de esa misma ausencia.  Una “presuposición” semántica remite, entonces, a lo que el doctor Alicea llama  “el umbral de los espacios vacíos”.  Umbral deriva su etimología de lumbral, de lumen: de la luz primera que precede los pasos y las consecuencias de esos primeros pasos.

Toda interpretación —según la semántica lingüística— siempre viene precedida y seguida por este “umbral de los espacios vacíos”: por este margen abierto de significados en sombra; en fantasma, como dicen algunos lingüistas.  Lo actual, en la semántica lingüística, solo se da en el margen abierto de lo “posible inteligente”.  Un aforismo, un entimema, un silogismo incompleto, una metonimia, una metáfora, afinan la agudeza y el ingenio de “lo posible inteligente”, es decir, la posibilidad de entender algo que solo es posible entender en el umbral de la luz de los significados que solo pueden percibirse en la sombra.  De hecho, en las antiguas retóricas también esto se conocía como intellectio porque se sobrentendía el alcance incompleto e inconcluso de lo que se piensa y se habla.  Todo ello solo se daría a condición de la inteligencia, de la oscuridad  y del silencio.

La forma sucinta del aforismo deriva de la contracción de sus significados, mientras que la apretada densidad de lo que se expresa obliga a una puntualidad intensiva capaz de alcanzar la extensión de lo que se omite.  A su vez, esto solo es posible debido a esa misma extensión omitida.   La extensión de lo que se omite es, justamente, el complemento necesario para que lo que el aforismo dice intensifique este alcance.  Esta es su condición de posibilidad.  Esta es también su relación inversa y proporcional, resuelta entonces entre el silencio y la voz, cuando el aforismo aspira a ser silencio y se aproxima por ello  al silencio.  Como si el silencio mismo fuese la plenitud del significado al que nunca podremos acceder.

Según supuestos análogos a estos, se ha sugerido en forma de oráculo y de aforismo que la “poesía viene desde el olvido”, y que hay tal cosa como una “belleza de lo inconcluso”; es decir, que hasta lo que se olvida y lo que está incompleto en el “umbral de los espacios vacíos”  constela el firmamento por venir de “lo posible inteligente”.  Ambos enunciados —que la “poesía viene desde el olvido” y que hay tal cosa como una “belleza de lo inconcluso”— presuponen que lo “posible inteligente” promete un lenguaje que solo esa poesía alcanzaría en la dimensión de la deslumbrante y absurda temporalidad de un futuro olvidado y oculto en el pasado.  Sería aquello que habiendo sido olvidado todavía aguarda su adviento y su porvenir.  Vendría de sorpresa desde el olvido, siendo el olvido mismo la condición de su porvenir que, como los aforismos, se detiene ante la belleza de lo inconcluso en una espera inteligente.

Con el sugerente título de Lo visible y lo invisible, el último Merleau-Ponty volvió a insistir en la perspectiva incompleta de nuestro conocimiento del mundo y de la conciencia de nosotros mismos.  Se trata, entonces, del perfil o del paisaje que tantas veces no se alcanza a ver desde la estrechez de alguna perspectiva, como la propia perspectiva cuando uno es parte del recuadro de lo visible.  La perspectiva visual de uno mismo en ese marco permanece incompleta.  Se trata, entonces, de lo invisible de uno mismo en el marco visible de mi percepción.  No se trata,  por eso,  de un más allá de trascendencia propia, sino de la más encarnada inmanencia: en “la carne del mundo” (la chair du monde”—escribe) de conformidad con la perspectiva sensual y sensible de lo profundo y denso del cuerpo mismo cuando mira.

Este desfase entre lo visible y lo invisible evoca un fragmento de Heráclito que, de nuevo, le debo al doctor Francisco José Ramos.  Dice el fragmento: “La armonía invisible es más fuerte que la visible”.   Según esto, esa armonía implícita y latente se cruza con las manifestaciones externas de su concierto.  Si ajustáramos este aforismo a lo que ahora repasamos,  lo visible y lo invisible se habrían de cruzar como si se tratara de la figura del lenguaje que Merleau-Ponty recuperó para ilustrar la oculta armonía de su lógica, a saber: el llamado quiasmo, esa figura del lenguaje que cruza los enunciados por inversión, como la célebre expresión de Rubén Darío: “Cuando quiero llorar no lloro, y a veces lloro sin querer”.  La lógica de esta inversión suele también conocerse formalmente en filosofía y en lingüística como una relación “antisimétrica”, es decir, que no es simétrica ni asimétrica, sino que entraña ambos procesos, como el “querer” y el “llorar” invertidos [“Cuando quiero llorar no lloro, y a veces lloro sin querer”].  Ese “querer” cruzado en quiasmo implica la oculta armonía y la lógica sutil  que su inversión esconde.  Según esta misma lógica, también lo visible se cruza con lo que no se ve.  También el quiasmo visible/invisible revela ocultando lo que se infiere en la proximidad visual de un desfase en sombra; entraña la misma inversión de la perspectiva cruzada que también la lógica del aforismo esconde en la reticencia de su enunciado inteligente.

Y entraña mucho más: Jaques Lacan le dedicó su Seminario XI a estos atisbos del libro póstumo de su amigo Merleau-Ponty —titulado, justamente, Lo visible y lo invisible.  Lacan discurrió sobre los significados ocultos del inconsciente al estilo de la mirada que también cruza e invierte lo visible y lo invisible según la propia perspectiva que opaca aquello olvidado que permanece oscuro en uno mismo.  El planteamiento que Merleau-Ponty había escorzado inicialmente trataba de lo que uno alcanzaría a ver de sí mismo al cruzarse en quiasmo la propia mirada mirándose mirar.   Le cito:

“Desde el momento en que veo algo es necesario que la visión se duplique y se complemente en otra visión: yo mismo visto desde afuera, tal como otro me vería instalado en el marco de lo visible […]. El que [así] ve no puede captar lo visible a no ser que él [también] sea captado, a no ser que él sea uno de los visibles, capaz de verlos por una singular inversión, siendo él mismo el otro que está en [ese] marco de visión […]. [Así] la conciencia de sí, según la ilusión de verse a sí mismo verse a sí mismo [“dans son illusion de se voir se voir”] encuentra su fundamento en la estructura invertida de la mirada”. [Cierro la cita.]

Visiblemente, ahí está sentado el doctor Alicea, casi invisible, como si él mismo fuese en vida un aforismo, ya que nunca dice las presuposiciones calladas que lo explican.  No se trata del rector visible que a veces vemos en la prensa o en la televisión.  Se trata, en cambio, del estudioso de Kant que tuvo, además, el privilegio de estudiar con Roberto Torreti en sus seminarios sobre Filosofía del Tiempo y el Espacio, Filosofía de la Ciencia y Filosofía de la Geometría.  Ya antes había completado su bachillerato con una tesis sobre Sartre.  Asimismo, su tesis de maestría trató de la cientificidad de El capital de Karl Marx, habiendo aprovechado el magisterio de Georg Fromm sobre el idealismo alemán en el siglo XIX y las tendencias del marxismo en el siglo XX.  Otros importantes maestros que moldearon su cultura filosófica en Puerto Rico fueron: Esteba Tollinchi (sobre Estética), Ludwig Schajowicz (sobre Nietzsche), Ramón Castilla Lázaro (sobre Husserl), Eliseo Cruz Vergara (sobre Hegel) y Guillermo Rosado Haddock (sobre Lógica Matemática). Como sabemos, este claustro de profesores prestigió un Siglo de Oro magisterial en aquel momento del Departamento de Filosofía de la Universidad de Puerto Rico.

Para su doctorado en la Universidad de Brown el doctor Alicea tuvo la suerte inmensa de asistir a los seminarios de Roderick Chisholm sobre Epistemología y sobre Filosofía Analítica y a los seminarios de Ernest Sosa sobre la Filosofía de Charles Sanders Peirce, William James y John Dewey, entre otros.  El profesor Sosa dirigió su tesis sobre John Dewey.  También en Brown asistió a los seminarios de Martha Nuusbaum sobre Ética y sobre Aristóteles.  En Harvard,  asistió como estudiante de intercambio a un curso de Lógica dictado por Hilary Putnam que, me dice, transformó su formación filosófica.

Leo estos nombres con inmensa fruición, pues se trata de un elenco excepcional, muy visible en el mundo del prestigio filosófico internacional, que no puede permanecer supuesto ni invisible por lo que la vigencia académica del doctor Dennis Alicea representa para el clima cultural y filosófico de Puerto Rico y para esta Academia.  Ya hemos comprobado su alcance en el testimonio vivo de su discurso de ingreso que acabamos de escuchar.  El doctor Alicea es, él mismo, un aforismo en vida que esconde sorpresas.

Señor Rector: es un privilegio para mí darle la bienvenida, como académico de número, a la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española.

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu