Un nuevo racismo

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Dennis Alicea, Ph.D.
Rector, Universidad del Turabo

febrero 2012

Mirado objetivamente no es más que un modo de racismo disimulado por el manto de un nacionalismo cultural y deportivo. Para muchos de nosotros, los jóvenes pobres de Colombia, República Dominicana, o cualquier otro país latinoamericano, se parecen mucho más a nuestros estudiantes que aquellos puertorriqueños graduados de algún colegio élite de la capital. El atletismo es un deporte bien sacrificado que no tiene el glamour del baloncesto, el voleibol o el tenis. Los que lo practican tienden a ser jóvenes sin recursos económicos que apuestan a su ejecución y disciplina para poder superarse, estudiando en alguna universidad que le brinde la oportunidad. Muchos de ellos logran permanecer en el país, siempre agradecidos de aquellos que pensamos que el mundo es más grande que los 100 x 35.

La LAI tomó recientemente la ignominiosa decisión de excluir a la mayoría de estos jóvenes pobres. Le llamaron extranjeros y exigieron un requisito humillante. Deben ser domiciliados con dos años de anticipación a la fecha de ingreso a la universidad y, por ende, renunciar a vivir en su país, si quieren estudiar aquí. Extraño modo de solidaridad latinoamericana de algunos amigos de la izquierda, y de enredo de espíritu de otros amigos del centro y de la derecha de la universidad del Estado, y de algunas universidades “religiosas”, que solo son nacionalistas culturales cuando dejan de ser competitivos. Si, como reza su argumento explícito, la medida va encaminada a evitar que algunas universidades ganen Justas “injustamente” con atletas extranjeros desarrollados (por cierto, que cuando lo hacía Mayagüez era perfectamente aceptable), entonces por qué no exigir solamente que compitan en igualdad de condiciones: a saber, que tengan las mismas edades o el mismo nivel de desarrollo.

Pero no, eso no era suficiente, ya que la universidad del Estado, que dice que cree en la internacionalización, no tiene entre sus políticas diversificarse y reclutar estudiantes de otros países. Por lo tanto, hay que excluirlos masivamente porque, aunque tuvieran sólo dos piernas y dos brazos, iguales que los puertorriqueños, iban a ser la diferencia. ¡Qué interesante! Construyamos una muralla china, parecen decir, para que los jóvenes puertorriqueños no compitan con jóvenes de otros países porque nosotros, ni los podemos traer, ni los queremos traer y, por lo tanto, que nadie los traiga porque así somos todos competitivamente mediocres. ¡Y eso fue auspiciado por el Presidente de la Federación de Atletismo de Puerto Rico!

Pienso que una liga deportiva puede legítimamente establecer sus reglas de competencia y promover el balance competitivo. Estoy de acuerdo con esa premisa. Solo que estas reglas tienen que ser establecidas a base de criterios racionales como edades similares, ayudas económicas razonables para estudiar (¿Cuántos en Puerto Rico viven con $6,000 al año; es decir, se alimentan, residen y se transportan con $500 mensuales?) y aprovechamiento académico satisfactorio.

El criterio de origen nacional es demasiado sospechoso. La exclusión por raza u origen nacional, so pretexto de hacer una liga más competitiva, sólo tiene un nombre: racismo. En Puerto Rico estamos acostumbrados a indignarnos ante el racismo explícito y lo reconocemos al vuelo cuando se trata del racismo por el color de la piel. Pero el racismo tiene muchos rostros y la historia del siglo XX está poblada de ejemplos tristes, siempre justificados en nombre de un nacionalismo cultural mal concebido.

Correo electrónico: dalicear@suagm.edu